Monday, June 14, 2010

MRpuP: Recargado

Ha comenzado una nueva etapa en la vida del equipo creativo de ¿Me Regala para un Pan?

El diagramador, el grupo de investigación, el editor y el corrector de estilo se mudaron a latitudes foráneas.

Un cambio en la vida de este equipo idóneo requiere también un cambio en el blog. Podríamos decir que, a partir de hoy, comienza una “nueva temporada” de ¿Me Regala para un Pan?


Después de dos sesiones de brainstorming, un retiro en Barú y un comité editorial en Paipa, decidimos arrancar en donde nos quedamos: historias reales. La experiencia de mis amigos médicos, titulada en este blog como El señor del portátil, recibió todo tipo de comentarios vía correo electrónico, twitter, facebook o en el mismo blog.

Por eso, dando inicio a nuestra segunda temporada, publicaremos tres entradas (una cada día, por tres días consecutivos) con experiencias reales.

Advertencia: trataremos de ser discretos, respetuosos y mesurados. 


Dije claramente “trataremos”. Eso no significa que lo logremos. Procuren no sentirse ofendidos por bobadas,

Nos vemos mañana.

El editor.

Thursday, May 20, 2010

El señor del portátil

La siguiente historia está basada en hechos reales, así no me lo crean.

Me cuentan mis amigos médicos que recientemente entró un paciente a la sala de urgencias de un hospital, con una dolencia sin importancia. Lo realmente llamativo fue su grosería, elevado tono de voz y mal trato hacia el personal del hospital.

- ¡Donde carajos está mi portátil! Yo necesito mi portátil. Me puedo estar muriendo en este hospital, pero necesito el hijuemadre portátil.

Ya es suficiente para los trabajadores de un hospital tener que soportar el estrés de una sala de urgencias, como para que un señor con ínfulas de 'importante' venga a trapear a todo el mundo, a punta de gritos.

El señor pasó al Triage, o valoración, manoteándole a la enfermera en la cara (Dios bendiga a las enfermeras. Se merecen el cielo por su paciencia).

- ¡Yo necesito mi portátil! Perfectamente podría trabajar en la sala de espera.

Luego pasó a la sala de espera.

- ¡Ustedes no saben cuánto vale una hora de mi trabajo! Necesito mi portátil.

Al final le dieron su dichoso portátil, y después de varios minutos de glorioso silencio pasó al consultorio donde un médico lo atendió.

- Por favor quítese la ropa. Le voy a realizar un examen físico.

Luego le indicó que se quitara los calzoncillos, se subiera a la camilla y apoyara las rodillas sobre la lona. Un caso como el suyo requería una medición de temperatura por vía rectal.

El paciente se asombró del procedimiento pero obedeció. Después de un par de muecas el termómetro rectal estaba en posición. El señor del portátil permanecía impávido, con los
(tres) ojos bien abiertos. Quince minutos después hizo aparición una enfermera.

- Señor, usted qué está haciendo.
- El doctor me está midiendo la temperatura por el recto.
- Pero acá no hacemos eso. Permítame.

La enfermera, con suavidad de madre y precisión quirúrgica, extrajo del recto del paciente un esfero BIC. Un ladrón había oído los gritos minutos antes, aprovechó la oportunidad, desarmó al paciente y le hurtó su amado portátil.

Nadie se alegró de su infortunio, pero todos sonrieron mentalmente.

Thursday, May 06, 2010

Intercambio de bustos

En pocas semanas comenzará el mundial de fútbol Sudáfrica 2010, el único torneo deportivo eliminatorio que veo completo.

Por esta época todo el mundo tiene que ver con fútbol. En las empresas se hacen apuestas y pollas mundialistas, cada quién tiene un país favorito, los hombres quieren que gane un equipo que nunca lo haya hecho antes (como Holanda o Portugal) y las mujeres quieren que salgan victoriosos los equipos “débiles”. ¡Qué ternura! Sueñan con una final Camerún Vs. Nigeria.

Todos también quieren llenar el álbum. En cualquier reunión familiar sacan las láminas repetidas y una lista tachoneada. Algunos centros capitalinos se transforman en auténticos mercados de intercambio de personas. ¿Han tratado de pasar por la plaza de Lourdes, el Parque de los Periodistas o la primera etapa de Pablo VI? ¡Casi no se puede caminar!

“Le cambio a Buffon por Xavi Hernández”. “Necesito al arquero de Australia”. “Me faltan dos y salgo de Ghana”. Es como una gran temporada de regreso a la esclavitud imaginaria.

Aunque el fútbol es un deporte que mayoritariamente siguen los hombres, algunas féminas se dan a la tarea de llenar el álbum y salen victoriosas en su cruzada. La mayoría no ve los partidos con la emoción e irascibilidad propia de los varones, pero se deleita escogiendo los más “churros” de cada equipo.

Los hombres soñamos con ver a Messi metiendo goles. Las mujeres sueñan con ver a Gerard Piqué metiendo… mmm... ¡goles!, me imagino.

En versiones anteriores de mundiales de fútbol he tratado infructuosamente de llenar el dichoso álbum de láminas autoadhesivas. Nunca me han faltado menos de cien “monas”. Al final quedo con dos vacíos, uno en el corazón y otro en el bolsillo, y me pregunto si alguno se aminoraría si cumplo la meta.

Este año no será así. Este año todo será diferente. No me voy a dejar ganar. ¿Voy a llenar el álbum del mundial? ¡Claro que no! Ni siquiera voy a intentarlo.

Este año, en cambio, voy a llenar el álbum de Chocolatinas Jet, porque es trascendente, imperecedero, eterno.

Como dijo un sabio familiar hace unas semanas: “¿Para qué llenar el álbum del mundial? Hace 50 años nadie sabía de Lionel Messi. En 50 años muchos olvidarán quién es Lionel Messi. Pero el patito y la chinchilla del álbum de Jet son los mismos de toda la vida”.

Tuesday, May 04, 2010

Oda al atiborramiento culinario

A la loca psicópata

A alguien se le ocurrió que rellenar un alimento con otro era una buena idea. En algún punto de la historia la mezcla de sabores no fue suficiente y se optó por diseccionar un ingrediente para empotrar otro en sus entresijos.

¿Por qué comer tomate con atún cuando podemos comer tomates rellenos de atún?

Siempre pensé que esta iniciativa obedecía a fines puramente estéticos, porque la mezcla de algunos ingredientes da como resultado una papilla deliciosa al paladar y asquerosa a los ojos. “Esa rica masa de atún, arvejas y mayonesa se ve asquerosa. Mejor le ponemos un tomate a manera de capuchón distractor”.

¡En fin! No sabremos a quién se le ocurrió rellenarnos con comida rellena, pero agradecemos en silencio que la idea evolucionara hasta ámbitos tan cotidianos como la papa y la arepa. Amo las arepas rellenas. A las afueras de algunas estaciones de Transmilenio las venden con mantequilla, queso, pollo y salmonela.

Ese movimiento culinario de abarrotamiento de ingredientes nos llevó a la máxima expresión de la comida de momentito: las empanadas, “bocadillos” rellenos que no necesitan aclaración de contenido, porque, precisamente, siempre tienen relleno.

- Una empanada, por favor.
- ¿La quiere rellena?
- No, sólo la cáscara. Gracias.

Y llegamos a la madre de las rellenas. Rellena por antonomasia, a secas, sin apellido. Embutido de sangre de cerdo, arroz y arvejas, con una película exterior de intestino porcino. De sabor delicioso y preparación traumática. Si quieren que alguien deje de comer y tenga pesadillas por varios días, invítenlo a una sesión de preparación de morcilla.

Pero este homenaje a la comida rellena no podría estar completo sin la oveja negra en un amplio rebaño de placeres engordadores. Saliendo del horno, calientita, exudando aceite por uno de sus costados, impregnando la panadería con una pestilencia a porqueriza y con una que otra pelusa de cerdo escondida en sus entrañas, viene la mogolla chicharrona.

Loco. Loco psicópata el panadero que abrió una mogolla y la rellenó con trocitos de chicharrón.

Wednesday, April 28, 2010

Teoría del contrato imperecedero

Ayer cancelé (de una vez por todas) un seguro de accidentes que me descontaban mensualmente en la cuenta de mi tarjeta de crédito.

¿Alguna vez han tratado de cancelar un seguro, abandonar un operador celular o cambiar de proveedor de televisión por cable? ¡Es casi imposible! Por lo menos lo es para mí, porque me dejo convencer fácilmente. “Piense en su familia”. “Este no es un gasto, sino una inversión”. “Si se arrepiente, no podrá acceder después a todos los beneficios que hoy le ofrecemos”. Termino por creer que la cancelación de ese servicio es el peor error que podría cometer. Y por eso no lo cometo.

Por ejemplo, la siguiente conversación la sostuve con una ejecutiva de “fidelización”, de cuya empresa no me quiero acordar:

- Quisiera cancelar el servicio de telefonía fija e Internet.
- Con gusto. ¿Puede decirme el motivo?
- Me voy de viaje.
- Pero esa no es razón para suspender el servicio. Permítame contarle de nuestros nuevos planes…

Después de quince minutos de argumentos y rifirrafes la conversación terminó más o menos así:

- Entonces, señor Gómez, tiene tres meses gratis de Internet con la máxima velocidad de navegación disponible y dos líneas de teléfono. ¿Ya conoce nuestra revista mensual?
- No, un momento, yo no quiero todas esas cosas, y no me gusta su revista (quiero colgar, quiero colgar. Llévese todo mi sueldo pero déjeme colgar).
- Le invito a que la conozca a fondo. Le llegarán gratis las próximas tres ediciones. Recuerde que habló con Pepita Pérez.
- No se preocupe. Nunca la olvidaré.

El caso de mi cuenta de celular fue igualmente triste. ¿Han sentido alguna vez que todo el mundo tiene un mejor plan de telefonía que ustedes? Todos tienen más minutos, más elegidos y más mensajes de texto, pero uno es el que paga la cuenta más cara. Después de varios cambios de plan y reposiciones decidí llamar por última vez:

- Quiero pasar mi línea de postpago a prepago
- Con gusto. ¿Puede decirme el motivo?
- Me voy de viaje.
- Pero esa no es razón para cambiar de plan. Permítame contarle…

¡Dios mío! ¿Todos tienen el mismo libreto?

- ¿Señor Gómez? ¿Señor Gómez?
- Ajá
- Le contaba que si hace ese cambio pierde la antigüedad que tiene con nosotros.
- ¿Y para qué me sirve la antigüedad?
- Para hacer reposiciones y obtener beneficios
- ¡Pero me voy de viaje!
- En ese caso, ¿hay alguien a quien pueda cederle el contrato?
- No.
- ¿Hay algo que pueda hacer la empresa para hacerlo cambiar de opinión?
- No se me ocurre nada legal.
- En ese caso tiene que traer una carta…

Porque eso sí, todos los contratos los “firmamos” por teléfono, pero los cancelamos llevando una carta y fotocopia de la cédula.

¿Qué fue lo que me ayudó a cancelar el seguro de accidentes de la tarjeta de crédito? El argumento del vendedor.

- Por ejemplo, señor Gómez, supongamos que usted va a Sudáfrica a ver el mundial de fútbol.
- Ajá.
- Supongamos que se matricula en un safari.
- Ajá.
- Supongamos que lo muerde un león.
- ¿Perdón?

Casi me muero de la risa. Dos horas después estaba mandando la carta por fax.

Friday, April 23, 2010

Triptongo, el talabartero


Hace un par de semanas culminó el Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá, un evento espectacular. Las obras, la participación de profesionales de todo el mundo, el público, los niños… Cada año es igual: Por semanas toda la ciudad está cargada de una energía culta. Hasta los saltimbanquis de los semáforos se ven más profesionales y los cuenteros de Lourdes tienen un tufo a erudición que supera al de Moscatel.

El balance general siempre es positivo y la organización siempre sale airosa en sus esfuerzos por traernos a los bogotanos un poco de la cultura que tanto precisamos. Mucho por rescatar, pero yo destacaría dos ámbitos (totalmente superficiales e intrascendentes) que identifiqué con claridad, después de haber asistido a unas cuantas versiones del Festival.

El primero es que la gente culta es fea. Perdón si algún culto se siente ofendido (y de nada, si algún feo se siente educado), pero haciendo una fila, a la entrada de una obra, pude analizar con detenimiento el común de los asistentes. El balance general es más bien triste. Preocúpese cuando un amigo le diga: “Conocí a la mujer de mi vida en la versión ucraniana de Salambó, de Flaubert”. Lo más probable es que sea fea y cultísima.

¿Estaré siendo muy injusto? ¿Será que los cultos no son feos? Tal vez, simplemente, no les interesa verse bonitos. A la gente culta le resbala todo, menos la mochila.

En estos escenarios los hombres pueden lucir una barba descuidada y algún tipo de sombrero (boina, bonete, gorra o gorrete) sin parecer mamertos. Se envuelven en capas de bufanda, un saco de cuadros o un chaleco de rombos. Pueden morirse del calor, pero la vestimenta hace parte de su cultura informal, y por eso no se quitan nada. Por mí está bien, pero me encantaría que hicieran un Festival en La Dorada, Caldas, para verlos cocinarse en su jugo.

Las mujeres, por su parte, hacen del desgreñe un estilo de vida. Son los últimos bastiones del look 'sesentero', lucen faldas coloridas y caras lavadas. ¡Me encantan esas mujeres! Todos los hombres alguna vez hemos querido salir con alguna (no les cuenten a sus mamás), para sostener una conversación inteligente, tomar vino con canela, y conocer parajes recónditos de La Candelaria y La Macarena.

El otro aspecto que identifiqué es que no soporto las obras conceptuales. Esas en las que la trama gira alrededor de un supuesto, parece que no siguieran un hilo conductor y bien podrían acabarse a los diez minutos o a las dos horas. Esas obras en las que al final la gente aplaude sin entender, para salir a los corredores a vomitar afirmaciones neutras, como “mucho mejor de lo que esperaba”, “se te cala en el inconsciente”, “me llegó mucho lo que buscaban transmitirnos” o “te deja una lección de vida”.

¿En serio? ¿Soy tan cerrado? ¿El único que no entendió un carajo?

No sé en qué piensa o qué fuma un autor al momento de escribir una obra conceptual. Ni siquiera creo que se necesite mucho talento. ¡Yo podría hacerlo! Por ejemplo, esta sería mi obra conceptual perfecta. Se titularía "Triptongo, el talabartero".

Un hombre obeso camina 25 minutos por las tablas, despojándose de sus vestiduras.

Se detiene en el centro del escenario, luciendo medias veladas, zapatos de payaso y una margarita pegada con cinta a una de sus tetillas.
Lo baña una luz rosada cenital.
Toma aire, llora y grita al público:
“Soy el viento que sueña que me perdones, para corretear tu memoria en mis estatuas”.
El hombre se arrodilla de espaldas al público

Introduce la flor en su oreja izquierda.
La luz se apaga.
Fin.

Friday, April 16, 2010

Páseme un whiskey y una bala de oxígeno

Bogotá está 2.600 metros más cerca de las estrellas, pero cuando muchas “estrellas” llegan a Bogotá sufren molestias físicas.

En los torneos internacionales de fútbol Bolivia saca provecho de una de sus mayores armas: la altura de La Paz, su capital. La ciudad se encuentra a 3650 metros sobre el nivel del mar y es la quinta más alta del mundo. Por eso, para los futbolistas bolivianos es un placer ver cómo sus contendientes brasileños, argentinos y chilenos, entre muchos otros, sufren mareos en el campo de juego.

En Colombia podríamos también aprovechar la altura de Bogotá, pero simplemente no nos alcanza para ganar, porque tenemos un equipo malísimo. No podemos ni con copialina topográfica. ¡Qué tristeza!

En fin. Los futbolistas son profesionales preparados. Su trabajo es exigirse a sí mismos, su vida profesional es corta (muchos no llegan a los 40 siendo titulares) y su físico es envidiable ¿Han visto cuando alguno se quita la camiseta para celebrar un gol? Cada vez que veo eso me doy cuenta de que tengo que dejar de comer dulces y comenzar a correr por las mañanas.

Pero por más que me esfuerce nunca lograré llegar a ese nivel, porque los futbolistas hacen ejercicio desde que se despiertan hasta que se acuestan y siguen rigurosas dietas para lograr un punto físico ideal que les permita soportar 90 minutos de actividad intensa. Además, una agenda rigurosa los restringe de todo lo bueno en la víspera de un encuentro. Antes de un partido no beben, no fuman y no tienen relaciones sexuales.

Es una vida muy dura, y muchas veces esos esfuerzos se ven opacados, cuando les toca jugar en Bolivia. Debe ser decepcionante trabajar por semanas, meses o años, para terminar con mareo a la mitad del primer tiempo. Siempre pensé que esa situación era triste, hasta que fui al concierto de la banda de rock KISS, que tuvo lugar en Bogotá, el 11 de abril de 2009.

Genne Simmons y Paul Stanley, fundadores de la agrupación, nacieron en 1949 y 1952, respectivamente, mucho antes que la mayoría de los padres de los futbolistas de hoy en día. Simmons cumplió 60 años pocos días después del concierto en Bogotá.

Verlos en tarima fue un placer, un privilegio total. El único bemol fue la cara de enfermos que en varias ocasiones hicieron los integrantes. Parecía como si estuvieran corriendo un maratón. En el coro de Rock n Roll All Night hubo un instante en el que juré que Simmons se había infartado.

Por supuesto, su estilo de vida dista mucho de la disciplina de los futbolistas. Tienen sexo antes (no sé si durante) y después de un concierto, beben como si el trago escaseara e incluso fuman en algún solo de guitarra. Pero no podemos reprocharles su modus vivendi. Es los que los ha llevado a la cima. Y seguramente la cima está 2.600 metros más cerca de las estrellas.

Algo similar sufrió Axl Rose en su segundo concierto en Colombia, cuando entre canciones tuvo que recurrir a una bala de oxígeno.

Si alguien pensó alguna vez que jugar fútbol 90 minutos en Bogotá era complicadísimo, que ese alguien les pregunte a Axl y a Simmons qué tan difícil es cantar tres horas en una tarima, con luces, agua, maquillaje, sudor y cualquier cantidad de sustancias corriendo por fuera y por dentro del cuerpo.

Axl tuvo apunamiento y a Simmons le dio soroche.

Wednesday, March 31, 2010

Teoría de inclusión homosexual en cuestiones idiomático-sexistas

Antes de que me regañen, les dedico este post a todos mis amigos gays. A los tres. O mejor, a los cuatro (sí, viejo. Todos lo sabemos, hasta tus papás. No lo niegues más).

En repetidas ocasiones he recibido un correo titulado “¡Hasta la lengua castellana es machista!” en el que las mujeres se quejan del sexismo en algunas palabras y términos de nuestro idioma.

Alegan que vocablos como aventurero, recorrido, callejero y perro cuentan con significados diversos que poco o nada tienen que ver con el género masculino, mientras que sus respectivas formas femeninas (aventurera, recorrida, callejera, perra) tienden a ser usadas como calificativos o insultos para referirse a las mujeres. El correo reza:

“Aventurero: Osado, valiente, arriesgado.
Aventurera: Puta.
Callejero: De la calle, urbano.
Callejera: Puta.”

Personalmente considero que esta aseveración es injusta. Si bien algunos vocablos tienden a ser usados como adjetivos peyorativos en contra de las féminas, los hombres no salimos bien librados cuando se cambian de género algunos calificativos.

La transición de los adjetivos mencionados, de masculino a femenino, sugiere una equivalencia del vocablo “Puta”, pero el cambio de otros adjetivos, de femenino a masculino, redunda en conjeturas que aducen al homosexualismo como señalamiento ofensivo.

Delicada: Atenta, suave, tierna.
Delicado: Gay.
Tierna: Edad de la niñez. Propensa al llanto.
Tierno: Gay.

Si una mujer es dulce, tiene una personalidad tierna y agraciada. Si un hombre es dulce, es gay.

Si una mujer es suave, tiene una forma de ser cortés. Si un hombre es suave, es gay.

Pero esta discriminación no se limita a simples palabras, ¡no señora!, sino a cualquier tipo de comportamiento propio de las mujeres realizado por un hombre.

Si un hombre se “hace” las uñas, es gay.
Si un hombre se pinta el pelo, es gay.
Si un hombre se pone tacones, es gay. Bueno, tal vez esto sí.

Pero no solo se trata del señalamiento que usa la palabra “gay” como ofensa, sino a una sugerencia morbosa.

Si una mujer se consiente un fin de semana, significa que visita el salón de belleza para "hacerse" las uñas y el blower. Si un hombre se consiente un fin de semana, significa que pasa dos días con un rollo de papel higiénico y una crema de manos en la mesita de noche.

Tuesday, March 30, 2010

Teoría de uso holista de la anatomía cárnica

Mesero, creo que este pollo está crudo. Se me está comiendo el arroz.

Hace unos días vi un video de National Geographic en el que un grupo de estudiantes coreanos practican la ingesta del pulpo vivo. En algunos restaurantes de ese país se puede pedir un plato de pulpo. Literalmente, un plato con un pulpo y nada más.

El procedimiento consiste en enredar al animal en los palitos, untarle uno o varios tipos de salsa y comerlo de un solo bocado. Al parecer, lo más difícil no es masticarlo, sino tragarlo, pues las ventosas se adhieren a los dientes, la lengua, el paladar y el esófago. Según el documental, muchos han muerto asfixiados.

El video me intrigó tanto que decidí investigar un poco más sobre esta tradición (¿o maña?). Me encontré con una competencia aterradora que tiene lugar en China, en la que los chefs deben cocinar, en el menor tiempo posible, diversos platos con una única regla: al momento de ser servidos, los animales (o lo que queda de ellos) aún deben moverse. Culebras, peces y anguilas hacen parte del menú.

En Japón se adelantan ferias ambulantes que se atreven a mucho más. Cocinan pollitos vivos. Sí, pollitos amarillos, los que rifaban en las piñatas.

¡Terrible!

Quise hacer esta entrada de Me Regala para un Pan con los ejemplos nacionales de ingesta de animales vivos, pero al parecer en Colombia no tenemos muchas tradiciones de este tipo. Tal vez existan en algunas tribus indígenas o en familias trastornadas, pero no como parte esencial de nuestra idiosincrasia.

Los únicos ejemplos que encontré fueron retos entre amigos (20 mil a que no es capaz de comerse esa cucaracha), realities (el equipo que coma más cucarrones se gana una bolsa de leche) y accidentes en elevado estado de embriaguez (pensé que la pecera era una coctelera).

Acá no nos comemos los animales crudos. Acá la apuntamos a algo diferente: El aprovechamiento total del ser sacrificado. Cuando una vaca muere, el 100% de su anatomía es usado para fines diversos.

¡Pero no crean que se trata únicamente de la carne, la piel y algunos órganos! ¡No señor! Los ojos, los testículos y las glándulas salivales hacen parte del menú. Al final, todos los remanentes se meten a una olla con papa, yuca y arracacha y se cocinan en sopa. En la plaza de la Paloquemao la venden. Una vez la probé y prometí no volver a hacerlo.

Hay muchas partes de la vaca que trato de no comer, pero solo dos “derivados” se ganan todo mi asco. El primero es la lengua, porque es inmunda a la vista en su estado de refrigeración, y el segundo es la gelatina de pata.

- ¿De pata?
- Sí, de pata.
- ¿De pata, de las patas?
- Ajá, de pata de res.
- ¿De las patas de la vaca?
- De las patas de la vaca.

Hace pocos días tuve esta conversación. Juro que no sabía de dónde provenía. Aún no salgo de mi asombro.

Friday, March 26, 2010

Teoría de chovinismo aplicado al pábulo vertiginoso

Amo la pizza de barrio. La que venden por porciones. La que sirven en cartoncitos triangulares absolutamente inútiles, con un huequito para hacer equilibrio con el dedo de la mitad. ¿Cómo se come correctamente una pizza en un cartón de esos? ¿Quién hizo ese diseño?

En fin. Hoy no hablaremos del cartón, sino de la pizza.

La pizza de barrio siempre me ha parecido espectacular, porque mantiene con los años el sabor que por excelencia ha visto crecer a la cocina colombo-italiana: Pollo con Champiñones.

Cuando pienso en pizza, me imagino una pollo + champiñones. Constituye la pareja ganadora en una guerra de sabores combinados en la que maíz + tocineta se acerca peligrosamente a la cabeza, mientras que pepperoni + salami fue relegada a la cola de la competencia.

La combinación de dos ingredientes le da a la pizza una infinidad de posibilidades que no tienen otras comidas rápidas, al tiempo que les otorga a los pizzeros peligrosas dosis de creatividad rebosante. Por eso existe la pizza tocineta + ciruela y bocadillo + queso.

Lo realmente aterrador es la capacidad que tienen las pizzerías de darle tintes nacionalistas a las combinaciones de sabores. Debería existir una pizzería llamada “El Chovinista”, con pizzas oriundas de latitudes diversas.

Los siguientes son algunos ejemplos clásicos de sabores con bandera:

Piña + Jamón: Pizza Hawaiana. ¿En serio? ¿Eso comen en Hawái? Me di a la tarea de leer sobre comida hawaiana y no tiene nada que ver con la pizza que nos han vendido desde niños. Tal vez quienes la bautizaron así se imaginaban grupos de surfistas tomando piña colada con una tabla de quesos y jamones.

Carne molida + tomate + ají + maicitos: Pizza Mexicana.
Acá no importa la carne, ni el tomate, ni nada. Lo importante es que sea picante. Si la pizza tiene ají, es mexicana. En algunas pizzerías se atreven a verter un paquete de maicitos encima del queso. "¿Qué son esos cosos? ¿Totopos artríticos?".

Maíz + chorizo + hogao: Pizza colombiana. ¡Por supuesto! Combina los ingredientes de la bandeja paisa (chorizo) y el ajiaco (maíz) que mejor quedan sobre una masa al horno. Y con hogao, porque todo queda buenísimo con hogao.

Siempre pensé que la riqueza de la comida colombiana daría como para diversificar regionalmente los sabores de pizza. Deberían existir por lo menos cuatro combinaciones nacionales:

Pizza Paisa: Fríjoles, carne molida, maduro y huevo (al horno, no frito).
Pizza Rola: Pollo, papa, guascas, alcaparras y crema de leche.
Pizza Costeña: Pescado, suero y butifarra.
Pizza Boyacense: Habas, nabos, cubios y chuguas.

La única y verdadera pizza colombiana debería ser una masa gigante, partida en cuatro y con estos sabores.

Monday, March 15, 2010

Teoría de almacenamiento afectivo de remanentes anatómicos

¡Los bebés crecen rapidísimo! Por eso los papás tratan de acompañar a sus retoños tanto como les sea posible, para no perderse del primer diente, los primeros pasos, la primera palabra, la primera risa.

Nuevo papá que se respete compra una cámara de video, y nueva mamá que se respete compra un “álbum del bebé”, un cuadernillo rosado o azul (no, mi señora, no viene ni en amarillo ni en verde) para rellenar con fechas y anécdotas. Ese libro constituye una de las primeras compras de la mamá durante el embarazo y uno de los principales regalos en los babyshowers.

Me reí por primera vez a las __ semanas
Me gusta el jugo de __
Me salió mi primer diente a los __ meses


En la primera página siempre hay un espacio para pegar un mechón de pelo del recién nacido. Es curioso que sea desagradable encontrar un pelo en la comida, pero resulte encantador ver una maraña empegotada en un libro. Todos tenemos ese cuadernillo (pregúntenle a sus mamás) y siempre está lleno el espacio del mechón.

Esa es la primera etapa de una serie de residuos y aditamentos corporales que tienden a ser guardados como recuerdos, una vez son separados de nuestra anatomía. Deberíamos detenernos en el mechón de pelo, pero por alguna extraña razón nos maravillamos con nuestros desechos. (¡Dios mío!, podría hacer cualquier cantidad de símiles repugnantes con este precepto).

Alguna vez me mostraron un libro que contenía, además del mechón del recién nacido, el ombligo del infante. La madre lo tomó en sus manos con celo y me lo enseñó con una espectacular sonrisa, como si se tratara de su hijo.

“¿Pariste un ombligo?”, pensé.

Es cierto que puede considerarse el último recuerdo palpable de la estancia del niño en el vientre materno, y seguramente es tierno guardar un nudo de arterias, venas y tejido mucoso. ¿Pero es imperativo exhibirlo a las visitas?

Con los años me he encontrado con personajes que guardan sus dientes de leche en envases que alguna vez contuvieron rollos fotográficos. No me molesta que me pasen el tarrito por la cara, diciéndome “¡Mira!, mis dientes de leche”, o que lo hagan sonar como una maraca. Lo realmente repugnante es que saquen el contenido y lo organicen sobre la mesa. Sí, una vez lo vi.

A la fecha, el máximo exponente de esta costumbre necrótica es un amigo (digámosle Pepito Castaño). La primera vez que fui a su casa encontré,
exhibido entre varios libros de orden público, un frasco de vidrio, saturado de formol y con un extraño corpúsculo en el fondo.

- ¡Ay no! Por favor, dígame que eso no es lo que me estoy imaginando.
- ¿Qué cosa? ¿Mi apéndice?

Tuesday, March 09, 2010

¡Se lo come o se lo unto!

Mi mamá me enseñó que la comida no se desperdicia. Me inculcó este precepto con el amor y la paciencia que sólo una madre puede transmitir: “Te tragas todo el coliflor o te lo embuto”. Yo lo consumía, resignado, ante la falta de opciones. ¿Esconderlo? Imposible. ¿Endosarlo? ¡Qué va! Ni el perro se comía la coliflor en leche. (Tarde supe que la coliflor es niña).

No desperdiciar la comida fue una de las lecciones que se me quedaron para toda la vida. Por eso me aterran la Tomatina de Buñol, las guerras de pasteles y los concursos de engullir perros calientes. El único desperdicio de alimentos que tolero es la lucha femenina en piscina de gelatina. Es más, lo disfruto. ¡Es más!, debería ser un deporte olímpico.

Mi educación en este sentido resulta un poco estresante, cuando en las telenovelas y en algunas películas las escenas de comida constituyen ambientes irrelevantes que enmarcan el desarrollo de la trama. Es decir, en una escena de comida nadie come.

Por ejemplo. Entra el señor a la habitación con una bandeja, luciendo un desayuno recién preparado. Se la pone a su novia en las piernas (la bandeja), mientras ella, con el pelo perfecto y un semblante delicioso, se despereza y se dispone a comer. Pero no come. Tal vez toma un sorbito de jugo o prueba una tostada. Pero nada más. Hablan de alguna cosa que tienen que hacer urgente, se paran y se van.

¿Y el desayuno? ¿Soy el único al que le da angustia dejar ese desayuno servido? Para efectos prácticos el equipo de producción arrasará con la bandeja, pero son esos pequeños detalles los que me sacan de la trama y me devuelven a la realidad.

El día que le lleve a mi novia el desayuno a la cama y se pare corriendo a hacer algo, la freno en el aire de un grito: “¡En la vida te vuelvo a cocinar!”.

Ese desperdicio también se presenta en las mejores películas. Visualicen la siguiente escena:

El detective entra al bar con el saco en la mano, se sienta en la barra y pide un Martini. Luego mira con desprecio al asesino, en la mesa de la esquina, y lo identifica plenamente. Le da un pequeño sorbo a su trago y hace una llamada. Se para y abandona el bar.

“¡Ay! Apareció el asesino”, piensan todos en la sala de cine.

Yo, en cambio, me quedo en lo intrascendente… “¿Y el Martini? Viejo, el Martini. Tómate el Martini, por Dios Santísimo.”

¡Me da una angustia terrible cada vez que veo eso!

Wednesday, March 03, 2010

Teoría de adopción de preferencias ajenas por ósmosis romántica

Un nuevo noviazgo nos sumerge en un universo de maravillosas experiencias apacibles, nos transporta a escenarios desconocidos, donde la innovación es la rutina, y nos arrastra hacia instancias saturadas de una exhuberancia idílica que destila besos y sonrisas disimuladas.

Bueno, ya. Pongámonos serios.

Un nuevo noviazgo también nos obliga a compartir. Cuando estamos solteros no compartimos, y cuando estamos solteros eso es bueno.

Pero si entramos en una relación estable y tendiente a la trascendencia los espacios personales comienzan a ser ultrajados, y nuestras preferencias sufren una metamorfosis por choque de gustos con la contraparte.

Esto pasa porque con el tiempo la magia se ve amenazada por el tedio, lo que nos obliga a innovar e inmiscuirnos en cuanta vaina se nos ocurra, con tal de evitar el bostezo.

¿Alguna vez ha tenido una relación en la que los antojos de uno se vuelven los proyectos de los dos? ¡Claro que sí! Es ese afán de cambio el que nos empuja a cometer idioteces, como matricularse con la novia en un gimnasio, comenzar a ir con el novio al autódromo o madrugar juntos a sábados de squash.

“¡Mi amor, te tengo el plan! Vamos a aprender a bailar tango”.

La primera vez que oí esa frase casi me muero del susto ¿o de la risa? Recordé a un amigo que me contó hace un par de años que había entrado a clases de canto, con la esposa.

No lo tomen a mal. Bailar tango me parece espectacular, siempre y cuando la rutina sea ejecutada por profesionales. Bailar tango debe seguir siendo una de esas prácticas que todos quieren dominar, pero nadie se atreve a intentarlo.

Y suponiendo que se haga el deber de tomar las clases, ¿qué pasará si se termina ese noviazgo? No he conocido a la primera persona que ostente un dominio de dicho arte y salga a una pista a bailar sola. El tango no es como el meneito o el carrapicho. ¡No señor! Tiene reglas muy claras: No se baila de manera informal. No se baila con desconocidos. No se baila con neófitos. No se baila solo… No se baila y punto.

Conclusión: Bailar tango es un residuo inservible de una relación infructuosa. Lo mejor es optar por actividades de pareja que resulten útiles en ámbitos de soledad y abandono, como el arte country, el punto de cruz o la pintura al óleo.

¡O mejor aprenda croché! Es algo que su mamá siempre quiso que dominara y nunca tuvo el valor de sugerírselo.

Monday, March 01, 2010

El dream team político

La semana pasada se cayó el referendo reeleccionista. No voy a decir si me parece bueno o malo, ni quién debería ser el próximo presidente de Colombia. Me Regala Para un Pan no tiene color político ni está vinculado a ningún partido… a menos, claro, que alguien me quiera pagar por ello.

Esta entrada no profetizará ganadores, pero sí divagará sobre imposibles. ¿Quiénes deberían ser nuestras opciones? Estos son los candidatos que conformarían el mejor tarjetón de la historia de la democracia colombiana.

Jorge Barón presidente, y agüita pa’ mi gente. El primer candidato tiene que ser Jorge Eliecer Barón Ortiz. Es la figura pública más reconocida en las pequeñas poblaciones y el máximo exponente del proselitismo. Su amplia experiencia en televisión nos sacaría del embrollo del tercer canal.

Lo importante es la per-so-na-li-dad. Jorge Mario Valencia, amado por muchos y odiado por muchísimos más, tiene la habilidad de sostener impávida su fisionomía con el transcurso de las décadas. Desde los años 80 Jota Mario es calvo, feo y gafufo. ¿Eso es malo? No. Eso es constante. Sería interesante ver si aguanta cuatro años en el poder y momificarse en el proceso.

Julio Mario Santodomingo, EL presidente. Abajo el arribismo, abajo las maquinarias políticas, abajo los partidos, las roscas y RCN. Arriba Cine Colombia y El Espectador. Barra libre de cerveza en el Congreso, y muerte a la corrupción, porque no puedes robar plata cuando la tienes toda.

Yo le hago a la presidenta. Nadie tiene más fans que Natalia París. Debería lanzarse a la presidencia. ¡Debería empelotarse en la publicidad política!... O mejor, debería hacer proselitismo empelota. Es más, debería empelotarse en Soho a cambio de votos. Y pues ya entrados en gastos, debería publicar las fotos en la gaceta del congreso.

Los votos en blanco y la abstención disminuirían. Garantizo, bajo esas circunstancias, la mayor votación de la historia de la democracia colombiana. Y sería una pelea reñida, con segunda vuelta, octavos y cuartos de final, y una finalísima con conteo de votos en el Nemesio Camacho El Campín. Eso sí, sería reñida siempre y cuando no se lance el padre Chucho.



¿Se me quedó alguien por fuera?

Tuesday, February 23, 2010

Chiquchiquichiquichiquichí

¿Alguien puede decirme cuáles son los 15 beneficios de las cremas dentales? ¿O al menos 8? La última vez que puse atención eran tres: verde para aliento fresco, rojo para encías sanas y blanco para dientes fuertes. Triple acción y pare de contar.

Ahora en los comerciales de televisión sale un check list larguísimo, con letra menudita, que nunca alcanzo a leer completo. ¡Y lo he intentado! Me he sentado frente al televisor y puesto en práctica el curso de lectura rápida de mi adolescencia, pero cuando apenas estoy comenzando, ¡pum! Sale la concha en vinagre.

Aliento fresco, encías sanas y dientes fuertes. No tengo ni idea qué otros beneficios puedo recibir de una crema dental, pero sigo esperando el producto que me diga “tómese todo el tinto que quiera, fume como chimbilá y haga buches de Coca Cola, si se le da la gana. Le garantizamos aliento fresco, encías sanas y dientes fuertes”. Mejor espero sentado.

Identifico tres y desconozco el resto de los beneficios. Sé que hay un plus de protección hasta por 24 horas pero nunca lo he utilizado, ya que acostumbro lavarme los dientes tres veces al día. ¿No es lo que nos enseñó el Doctor Muelitas? ¿El mismo Doctor Muelitas que ustedes, señores, llevaron hace quince años a mi colegio?

Pero ahora resulta que no. Una sola cepillada me protege hasta por 24 horas, así que al Doctor Muelitas se lo pasaron por la galleta, lo relegaron a un plano irrelevante y le menospreciaron sus conocimientos estomatológicos. Mejor dicho, fue uno de los profesionales de la salud damnificados de la Ley 100.

¡Ni siquiera el agua tiene 15 beneficios!

Pero no se trata solo de las cremas dentales. Los productos de limpieza y del cuidado del hogar tienen cifras exorbitantes que poco o nada nos importan a los compradores.

- ¡Mira, mi amor! Ahora este jabón elimina 99% de las bacterias.
- Impresionante. Y nosotros comprando uno que elimina 98%.
- ¿Te imaginas que algún día eliminen 99,9%?
- Ni que fuera un blanqueador.
- Sería un sueño hecho realidad. Tengo pesadillas con ese 1%.

Creo que nadie sostiene una conversación de ese tipo en el pasillo de “limpieza”.

Algunos ambientadores aseguran durar hasta 200 aplicaciones, y una marca de suavizante promete dejar la ropa oliendo a nuevo hasta por diez días.

¿Alguien ha contado los “toques” de un ambientador? ¿O los días que la ropa dura oliendo a suavizante después de una lavada? ¡Claro que no!, pero creo firmemente que son experimentos que alguien debería adelantar. Sería interesante, y sumamente improductivo, comprar dos camisas negras, guardar una y lavar la otra ochenta veces.

¡Muestre a ver qué tanto protege su producto mis colores!

Friday, February 19, 2010

¡Cállese, que no me deja ver! 

Las salas de cine deberían tener casilleros para dejar los celulares antes de entrar a ver una película, como algunas embajadas y edificio del Gobierno. En los cortos siempre salen recordatorios pidiéndonos que apaguemos el celular, pero siempre hay alguien que desobedece.

¿Es tan difícil hacer caso? Me encantaría que esos rebeldes también ignoraran el aviso Ahora te puedes poner tus gafas de 3D. “Pues no. Yo veré cómo carajos tuerzo los ojos”.

Al que deja el celular prendido lo llaman. Fijo. Pero no lo llaman en los créditos, ni en el paneo de un paisaje, ni en los comerciales, sino en la escena clave, dos segundos antes del beso o en el instante en el que el protagonista le susurra algo a la diva.

Precisamente por eso piden apagar los celulares, porque el sonido ajeno a la película rompe la magia que se busca transmitir. Los asistentes están tan involucrados en la trama que incursionan en ese mundo ficticio y dejan de ser espectadores para convertirse en testigos oculares. Pero cuando están más conectados, "ven y sana mi dolóooooor".

Y la gente contesta. No le importan las advertencias al inicio de la película ni los ssshh (¿chito?¿chchchch?) de los presentes. Los que no contestan se dedican a enviar mensajes de texto (ajá, gracias a Dios la luz brillante es mucho más cómoda que el susurro).

Algunos contestan suavemente y mueven el celular de un lado a otro. Se lo llevan a la boca, frente a la cara, para hablar pasito:

- Ahorita te llamo.

Y luego se lo ponen en la oreja, muy cerquita, como si hablaran con alguien que también está en cine. Al parecer la mecánica no funciona muy bien, porque siempre terminan repitiendo el mensaje, enfatizándolo por fonemas.

- A-ho-ri-ta te lla-mo

Lo más gracioso es que se lo llevan despacito de la oreja a la boca y de la boca a la oreja. Tal vez si lo mueves suficientemente lento nadie notará lo que haces. ¡Tal vez piensen que eres una silla vacía!


Mi favorita es la niña que sí contesta el celular, sin la menor vergüenza, y se inclina hacia adelante como un armadillo, para crear con su cuerpo una cápsula impenetrable que aísla el sonido e impide que llegue a los vecinos. ¡Dios mío! ¿Qué podrá estar haciendo esa esfera gigante?

No dejo de preguntarme qué puede ser tan importante. ¿Cuál es esa noticia que está esperando y le impide poner el celular en silencio?

No vamos a juzgar a nadie. Siempre hay buenas razones para contestar, a cualquier hora y en cualquier momento. Tal vez usted tiene a su padre en el hospital esperando un diagnóstico concluyente o la terminación de un procedimiento quirúrgico.

De acuerdo. En ese caso sí hay que contestar. Pero en ese caso, usted no debería estar en cine.

Thursday, February 11, 2010

Sobreestimación culinaria por verborrea recargada 

Últimamente he notado que las cartas de los restaurantes están llenas de descripciones abstractas e indeterminadas. Antes no era así. Antes una carne venía con papas y ensalada, pero ahora viene con papitas de la casa y ensalada verde con deliciosas especias y un toque de picante.

Supongo que es una forma de mostrar apetitoso un plato cuando la descripción no lleva foto, así que es una estrategia válida.

Igual, no dejan de incomodarme los adjetivos en las descripciones de los platos. No sé qué hace que una salsa de tres quesos sea deliciosa, pero la describen como tal. ¿Y qué tan deliciosa puede ser? ¿Muy deliciosa? ¿Deliciosísima?

¡Gracias por advertirme! No estaba seguro de que este pollo de 45 mil pesos fuera asqueroso.

Otrora las descripciones no venían cargadas de calificativos, pero la cocina colombiana ha evolucionado considerablemente, lo que me lleva a pensar que antes las cosas no eran tan sabrosas como ahora. ¿Entonces por qué ponen el adjetivo “frescos” para referirse a algunos productos naturales? Tal vez antes nos servían champiñones viejos y cauchudos.

Además de los adjetivos, se pusieron de moda los diminutivos. Ya no es lomo, sino lomito. Las ensaladas vienen con trocitos de queso y cebollitas grillé. Pero esto sólo ocurre en los platos light, porque nadie quiere que le sirvan una carnecita (¿carnita?) a la parrilla.

Por supuesto, todo tiene un toque de algo. Una pizca, una chispa, una gota. Medidas insulsas e indeterminadas con las que no se le puede echar la culpa al cocinero.

- ¡Esta vaina está salada, carajo!
- No, señor. Ese plato viene así. Es con un toque de especias.

Esa exclusividad que el comensal demanda se refleja desde la carta, y por eso entre más caro sea el restaurante más bonita será la descripción de los platos.

Al final no se salvan ni los restaurantes típicos, porque hasta los platos más tradicionales son de la casa. Las papas de la casa, la ensalada de la casa y el jugo de la casa, como si tuvieran un cultivo de una fanegada alrededor del establecimiento. Debe ser por eso que nunca encuentro parqueadero.

Monday, February 08, 2010

El protocolo del ignorante 

No hay nada más patético que forzar una conversación para no parecer un tonto desmemoriado. Al final siempre se llega a un callejón sin salida en el que las mujeres saben trepar paredes y los hombres tenemos las manos enjabonadas.

En julio de 2000, cuando recibí por primera vez una invitación para un matrimonio “de corbata negra”, casi salgo corriendo al Arturo Calle más cercano. Le expliqué a mi novia que mis corbatas eran azules, rojas y amarillas, pero no había una sola negra.

- Tienes que alquilar un esmoquin - , me dijo, con una risita que le duró toda la semana.
- ¿Y tú qué tienes que alquilar? ¿Un vestido negro?
- Un traje de noche. Tengo un par de trajes de coctel, pero no aplican. Sobre todo por la hora.
- Ah, los vestidos de coctel -, dije, como si un hermoso recuerdo viniera a mi memoria. En realidad no tenía idea de lo que hablaba.
- ¿Te acuerdas? Uno fue el que usé en el matrimonio de Natalia, y el otro en la fiesta de Tatis.

Mi novia podría pensar que yo era tan imbécil como en realidad lo era, pero corrí el riesgo de seguir hablando. Comencé con la retahíla de preguntas neutras que mantienen la conversación en un tono moderado y evidencian interés.

- ¿De Natalia o de Juliana? -, pregunté, acordándome de un nombre cualquiera.
- De Natalia. Al de Juliana no fuimos porque estabas de viaje.
- ¿Cuál viaje? -, dije, pensando que estaba preguntando más de la cuenta.
- No me acuerdo. ¿No fue por eso? ¿Entonces por qué no fuimos al matrimonio de Juliana?

Las preguntas neutras no me salvarían, así que opté por la desmemoria direccionada. Es decir, mostrar que no me acuerdo, pero que sí me importa.

- Ni idea. Igual, me hubiera encantado ir. Ella siempre se ha portado muy bien con nosotros -, dije, inventando una frase que parecía infalible.
- ¡Será contigo! Porque después del desplante que tuvo conmigo en Halloween-, me contestó.

Las cosas se estaban saliendo de control y yo me perdía en imágenes mentales. ¿Qué habrá pasado en Halloween? ¿Cuál será la diferencia entre un traje de coctel y uno de noche? Porque muchos cocteles son de noche. ¿Quién carajos será Juliana? Estaba ensimismado en mis pensamientos y no me di cuenta de que ella seguía con la conversación:

- No sé porqué te pidieron una prenda de fiesta y no de ceremonia. Me imagino que iremos a la iglesia.

¿Qué dijo? ¿Algo de la iglesia? ¡Dios mío! Si se enteraba que no le ponía cuidado me mataba. ¿Qué le decía? ¿Qué le preguntaba? Por fortuna tocó un tema que retumba en la cabeza de los hombres y capta nuestra atención de manera instantánea.

- Si algún día nos toca repartir invitaciones ponemos traje de calle.

Eso sí lo entendí clarísimo.

- ¿Si algún día nos toca qué?
- Nada. Olvídalo.

Tuesday, January 26, 2010



Teoría de la transformación física por fluctuaciones ambientales
 
La piscina es el terror de algunas mujeres. En la víspera de un viaje, las “niñas” duran semanas haciendo la dieta de la piña para lucir un cuerpo espectacular y ponerse un bikini que no desperdigue sus carnes y las exponga a los ojos del vulgo.

¡Qué dirán los Pombo! ¡Qué dirán los De Brigard!

Los hombres solemos prestar menos atención al tema. No nos fijamos en la barriga ajena, precisamente porque estamos deleitándonos con los resultados de las dietas femeninas.

Tristemente, concentrarse en perfeccionar el aspecto físico nunca arroja un buen balance al final del paseo. ¿Cuántas veces la niña de cuerpo divino se la pasa achicharrándose, desparramada al lado de la piscina, y se pierde de la rumba? Es el caso típico de la que vuelve a Bogotá soltera, sobria y bronceada.

Algunos individuos, por el contrario, no se esfuerzan lo más mínimo por verse bonitos en el paseo y, por circunstancias desconocidas, su pereza los hace espectaculares. Son personas que se ven bonitas en tierra caliente, sin razón ni esfuerzo aparente.

El pelo se les encrespa y les queda perfecto. Salen menos de cinco minutos al sol y lucen por meses un color de piel entre caramelo y canela. Les salen pecas en los hombros, no se les mueve un solo músculo al contacto con el agua, las gafas se les ven divinas y cualquier pareo improvisado les queda espectacular.

También funciona al contrario. Hay personas que se ven feas en tierra caliente, aunque trabajen por lograr la impresión contraria. Se esfuerzan por meses para llamar la atención en un paseo, pero con el menor cambio de temperatura se tornan horribles.

He visto mujeres pasar días enteros al sol, para terminar con un bronceado disparejo y mareado. Las he visto untarse Coca Cola, cerveza, zanahoria, menjurjes caseros y bronceadores carísimos, para quedar exhibiendo ampollas multicolores.

Las he visto cargar una maleta llena de productos para cuidarse el pelo, para ganar brillo con el sol y para evitar la horquilla, pero se bajan del carro y quedan como uno de los Jackson Five. Las he visto organizar en las asoleadoras salidas de baño, toallas exfoliantes y sombreros de paja tejidos a mano, pero cuando caminan al lado de la piscina arrastran chancla y se les mueve todo, menos el pelo.

No crean que hago este post a manera de burla, porque me siento incluido en el grupo de los dolientes. Yo también me veo horrible en tierra caliente.

Soy blanco como una cartulina, me pongo rojo al contacto con el sol, sudo hasta en la ducha y se me irritan los ojos por el cloro de la piscina, aunque meta sólo los pies.

Además, la nariz y el bigote se me llenan de perlas de sudor (sin importar la hora del día o de la madrugada) y lo peor es que mi problema de motricidad me impide esparcirme el bloqueador por completo. En las fotos salgo colorado, húmedo y parchudo.

¡Qué dirán los Urrutia!

Friday, January 22, 2010



Teoría de sobreoferta de alternativas en los bienes de consumo
 

La diversificación es uno de los factores de éxito de un producto. Por eso hay muchos sabores de una misma marca, para que el consumidor se embelece y no tenga la oportunidad de decir que no. Si el señor no quiere de naranja, se le tiene de mora. Si no quiere de mora, se le tiene de uva.

¿Han visto cuántos sabores de refresco en polvo son variaciones de Naranyá? Mangoyá, Guayabayá, Fresayá, Morayá, Luloyá, Uvayá, Maracuyá (debería ser Maracuyayá). Se les están acabando las frutas populares. A este paso tendrán que recurrir a una línea criolla, con Pitayayá, Nisperoyá, Uchuvayá y Guamayá, o a una edición gourmet, con Lycheeyá, Blueberryyá, Noniyá y Mangostinoyá.

Esa diversidad me aterra. Hay frutas que son horribles en su estado natural, en jugo, en papilla, en polvo… “Pero no nos podemos detener”, pensarán los creativos de mercadeo, “porque la innovación es una demanda constante”.

Ese afán de atraer al cliente ha llevado a algunas marcas a ofrecer productos con sabores y olores que no deberían estar en una góndola de supermercado.

Seguimos esperando la comida para gatos con sabor a ratón, un producto perfectamente válido. Pero, en su lugar, la comida para gatos ahora viene con sabor a hígado de ternera, lo que resulta perfectamente lógico si pensamos en los mininos que vagan por las praderas cazando becerros para extraerles los órganos.

O la comida para perros con forma de huesitos. ¿En serio creen que los engañamos con eso?

Mi favorito es el ambientador con olor a bebé. ¡Sí señor, olor a bebé! No me lo estoy inventando, lo vi en un supermercado y lo compré hace un par de años.

Siempre quise que algún visitante lo usara y dejara la casa hediendo a guardería, ante la mirada sospechosa de los presentes. ¡Pero tranquilos!, no fue una emergencia intestinal. Acabo de atender un parto en el lavamanos.

¿De dónde sacan el olor a bebé? Porque el olor a pino lo sacan del pino, y el olor a orquídeas lo sacan de las orquídeas.

Tal vez mojan infantes, los ponen a escurrir y envasan el remanente. En ese caso deberían poner en la etiqueta: “Respire tranquilo. Ningún bebé fue herido en la obtención del aroma que usted disfruta”.