Monday, November 23, 2009



Teoría alimentaria de sobresaturación por indigestión reiterativa
 

Nuestros gustos gastronómicos evolucionan. Hay alimentos que no disfrutamos en nuestros primeros años, pero que se vuelven indispensables en la adultez. En mi caso, las aceitunas y las alcaparras. Hay otros que amamos cuando somos niños y que comenzamos a dejar en el plato, poco a poco, hasta que desarrollamos por estos un odio encarnizado. En mi caso, las guayabas y las uchuvas. ¿Por qué?

El primer postulado se explica con facilidad. Un ajiaco no es ajiaco sin alcaparras, y un Martini no es Martini sin aceitunas. Con los años le tomé cariño a las dos preparaciones y voilà, me comenzaron a gustar las aceitunas y alcaparras, por defecto.

¿Y las guayabas y las uchuvas?

Pasé un buen porcentaje de mis fines de semana, entre 1985 y 1992, en dos fincas: una en Fusa y otra en Cota. En la primera pululaban los árboles de guayaba y, en la segunda, los de uchuva.

Me embutí estas frutas hasta que me salieron por las orejas, organicé con mis primos campeonatos enteros (con eliminatorias, octavos y cuartos de final) de comer pirámides de uchuvas y me atraganté de guayaba hasta la diarrea severa, que, según mi mamá, merma con jugo de guayaba.

Incluso me llevé talegadas de fruta a mi casa en Bogotá, donde mi mamá, en un afán enloquecido por no desperdiciar la comida, me mandó en la lonchera del colegio queso con dulce de uchuva y jugo de guayaba.

Hoy no puedo ver esas frutas ni en un bodegón, y mis traumáticas experiencias con la guayaba y la uchuva me llevaron a desarrollar la teoría que titula esta entrada de Me Regala para un Pan:

El cuerpo humano tiene la capacidad de procesar grandes cantidades de alimentos, que si consolidamos en una ecuación básica redundan en cifras astronómicas que lindan con lo ridículo.

Hagamos el ejercicio con la leche. Una persona promedio, que desayune todos los días con un vaso de leche (con cereal, café, té, avena) ingiere un litro de leche en cuatro días, aproximadamente. Estamos hablando de más de 92 litros en un año.

Una persona, que viva en promedio 75 años, se tomará casi 7 mil litros de leche en su vida. Eso supera con creces la capacidad de un camión cisterna promedio (5.000 L) y equivale a la producción diaria de 346 vacas, a doble ordeño por día. ¡Esa es mucha leche! (léase con acento guache).

Según esta teoría, esa es la capacidad máxima aproximada de leche que un cuerpo promedio es capaz de procesar en su vida. Si un individuo colma ese aforo a la edad de 40 años, pasará el resto de sus días odiando la leche. ¡Odiándola con el alma!

Y cuando la suegra le diga “¿un vasito e’ lechita pa’l veleño? No va y sea se atore”, hará una mueca de desagrado y dirá con total cordialidad “no, muchas gracias, creo que de joven me tomé toda la leche que me tenía que tomar”.

Friday, November 13, 2009


¿Quieres ser mi exnovia?
 

Hoy, viernes 13 de noviembre de 2009, puedo llamar a una exnovia al azar y pedirle un favor cualquiera. Creo que todas estarían dispuestas a ayudarme. ¿Cuántos de los lectores de este blog pueden decir lo mismo?

Y no es que mis exnovias sean muchas, pero aunque se trate de solo tres o cuatro, no todo el mundo puede decir que lleva un trato amable con sus “ex”.

No hacerlo es un error. El rompimiento de las relaciones sentimentales es traumático, por lo menos para una de las partes, pero cuando el odio se convierte en resignación y la resignación evoluciona en aceptación, dos personas experimentan un verdadero nirvana de cordialidad.

Esto ocurre, básicamente, porque la categoría de exnovios es inmortal. Es el único estatus eterno. Normalmente las personas no piensan mucho en eso, porque prestan más atención a la relación “mientras dura”, y olvidan el carácter sempiterno de la post-ruptura.

Hagan el balance con todas las demás relaciones de amistad, noviazgo y amantazgo, público o clandestino. Todas se caracterizan por periodos indeterminados, pero perecederos, que en ocasiones permiten el paso de un estatus a otro: De amigo a amante, de amante a novio, de novio a esposo. ¡Y ni siquiera el matrimonio se salva! El cura lo dice clarísimo: “hasta que la muerte los separe”.

Con el rótulo de exnovio es diferente. Ninguna de mis exnovias puede dejar de ser mi exnovia y no puede hacer nada al respecto. Aunque se arrepienta de haberse cuadrado conmigo, lo único que puede hacer es terminarme, y adivinen en qué me convierte.

Eso da todo un nuevo significado a la canción de misa “Si el grano de trigo no muere...”

No importa si se casa, si tiene hijos, si se separa, si sale del closet. ¡Nada! Ni siquiera la muerte vence el estatus, porque no hay cláusulas legales de desvinculación por fallecimiento.

Thursday, November 12, 2009



Los arrebatos del humor, la negligencia
 

Últimamente me he encontrado mucho con una frase de cajón digna de esquelas y tarjetas de amor y amistad: “Los amigos son los hermanos que Dios olvidó darnos”.

Divina, ¿cierto? Da a los amigos un estatus superior, trascendiendo su carácter optativo, y relega a los hermanos al lazo de consanguinidad obligatorio. Exalta el aprecio por el camarada y minimiza a los pares en el árbol genealógico.

Deberíamos pensarla al revés: “Los hermanos son los amigos que Dios recordó darnos”. Porque, si no me falla la memoria, mis padres siempre me hablaron del núcleo familiar como único nido de incondicionalidad. Pero la amistad entre hermanos casi nunca florece, porque en contadas ocasiones es evolutiva.

Las amistades nacen, crecen, se reproducen (sí, también pasa) y a veces mueren. En cambio la etiqueta de hermano no tiene fecha de caducidad y es inamovible. El amigo es amigo y el hermano es hermano.

No lo tomen a mal. Escribo esto con mucho cariño. La frase de esquela no es equivocada.


Quiero a muchos de mis amigos como si fueran parte de mi familia, e incluso algunos se comportan como tal. Llegan a mi casa a la hora que les da la gana, se comen el mercado sin preguntar y pasan fines de semana enteros sin moverse del sofá. Creo que he visto a más de uno sacándose los mocos en frente de mi mamá.

¡Se comportan como si Dios nos los hubiera negado! (Hijo, si lo hubiera querido a tu lado, te lo habría puesto como hermano).

Pero nuestros amigos son así, peculiares, polémicos. Los escogimos por una razón, aunque ya la hayamos olvidado, y los queremos por lo que son, ¿cierto?

¡Falso!

No te quiero por borracho y mujeriego. No te quiero por imprudente o ignorante.


Te quiero porque te quiero, porque me sale del alma. No por lo que eres, sino a pesar de lo que eres.

Thursday, October 29, 2009



Supeeeeeerperiodistaaaaas

Dedicado a los periodistas que alguna vez han sido amenazados.

Soy periodista. Estudié Comunicación Social y Periodismo en la Universidad, trabajo en medios de comunicación, investigo, redacto, edito y publico. Eso resume a grandes rasgos mi actividad profesional.

Es un trabajo común, pero muchas veces las personas que cursaron otras carreras se imaginan algo totalmente diferente.

Me pasó en un matrimonio. En una mesa llena de desconocidos, algún individuo intentó amenizar la comida y propuso la presentación resumida de los presentes.

- Yo soy contador público y trabajo con una entidad del distrito, ¿y ustedes?
- Yo soy administrador de empresas y trabajo como auditor interno en una planta de producción.
- Yo, residente de cirugía laparoscópica en la Clínica de la Mujer.
- Yo soy periodista.

Todos abrieron los ojos, y alguno soltó un “¿en serio? ¡Wow!”, como si hubiera dicho “doble de películas de acción” o “pescador del Báltico”.

¿Por qué pasa esto?

Principalmente, porque el cine y la televisión han vendido una imagen errada de la profesión. La gente cree que los periodistas vivimos arropados con un abrigo café, cargamos una libreta y una grabadora en el bolsillo, amamos fumar bajo la lluvia y tenemos el estudio de la casa lleno de primeras páginas enmarcadas.

La gente cree que tenemos presupuestos descomunales, que almorzamos todos los días con un ministro o un senador, que viajamos cuando y a donde se nos da la gana para confirmar una fuente, y que a muchos columnistas les pagan una millonada para que investiguen por semanas una historia que se verá reflejada en cuatro párrafos.

La gente también cree que todos los periodistas cubren orden público, y por eso más de uno nos imagina corriendo por la selva, con micrófono en mano y cámara al hombro, en una escena ambientada por explosiones de napalm.

La verdad es otra y la profesión no siempre es tan emocionante o riesgosa. También nos ponemos corbata, trabajamos semanas frente a un computador, tenemos reuniones periódicas y almorzamos con cinco mil pesos. De los presupuestos mejor no hablemos.

Aunque la visión generalizada se aleja mucho de la realidad, los periodistas muchas veces aprovechan (aprovechamos) ese desconocimiento colectivo en beneficio propio. Ante un mal servicio en un bar, un restaurante o una oficina estatal, más de uno ha gritado “¡Usted no sabe con quién está hablando! ¡Yo soy periodista!”

Qué pena.

Wednesday, October 21, 2009




Ludo-flora (Vegetalus Divertitis)

“De todo árbol del huerto podrás comer; pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que de él comas, ciertamente morirás” (Mi mamá 2:17)

Hace poco más de una década, en un parque de barrio se podía organizar un partido de fútbol en el que los arcos, las líneas divisorias y hasta el punto medio de la cancha eran demarcados por árboles, arbustos y protuberancias en el pasto.

En ese entonces, la flora constituía tanto el parque como los juegos. Todos tratamos de llegar a la copa de algún pino y algunos nos atrevimos a consentir los polluelos de los nidos que creíamos abandonados, condenándolos a la inanición.

Pero lo más llamativo eran las flores y los frutos de los arbustos, porque en las manos de un niño adquirían una connotación lúdica y se transformaban en juguetes de momento.

Mi juguete favorito eran las flores amarillas que antes de hacer eclosión semejaban cápsulas llenas de aire. Al ser arrojadas con fuerza al piso producían pequeñas explosiones, y si se sacudía el árbol y se pisaban rápidamente las cápsulas se conseguía un efecto de ráfaga que alertaba a los vecinos. “¡No me dañen los arbolitos!”

También se podían encontrar algunas flores (¿o frutos?) que reaccionaban ante la presión convirtiéndose en pequeños gusanos verdes. Constituían el sueño de todo niño y la pesadilla de toda niña.

Incluso algunas flores eran manipuladas con fines gaminescos. Innumerables pétalos fueron condenados escurrir saliva en intentos fallidos por aprender a chiflar.

Conocimos el olor de la naturaleza gracias a pequeñas arvejas aplastadas que al ser pisadas despedían un olor ideal para dar por culminado un día de colegio y cerrar la jornada con matrícula condicional.

También arrancamos los pétalos de unas flores cónicas para lamer el fondo de un recipiente lleno de néctar, polen y hasta gusanos. En nuestros experimentos por saborear la flora del parque descubrimos las cerezas silvestres, que se bajaban a balonazos y producían espectaculares dolores de estómago (no vuelvo a-cereza).

Lo único que se nos quedó por las ramas fueron los frutos prohibidos. Esas pepitas amarillas y rojas, coloridas y llenas de semillas blancas, que nuestras mamás tildaron de venenosas. ¡Ese era el árbol del conocimiento y el discernimiento en nuestra infancia!

Me quedé con la duda. Nunca supe de alguien que hubiera probado esos frutos, pero tampoco de alguien que hubiera muerto por hacerlo.

Wednesday, October 14, 2009


Mejor ser buñuela bonita

Cuenta la leyenda que una persona que aprende a manejar en Bogotá es capaz de hacerlo en cualquier ciudad del mundo, principalmente por tres razones.

Primero, porque el estado de las vías es lamentable. Los huecos, las alcantarillas destapadas, la falta de señalización y los carriles que desaparecen por arte de magia son pan de cada día. Incluso, algunos tramos duran años en obra (calle 116, entre la 19 y la 15) con grandes máquinas abandonadas, como Transformers en estado vegetativo, y telas azules o verdes que limitan con peligrosos abismos y demarcan pistas de obstáculos conocidas como senderos peatonales.

Segundo, por la guerra eterna entre el transporte público y el privado. Eso sí, todos odian la imprudencia de los taxistas, a menos que uno sea el pasajero.

Y tercero, por la falta de solidaridad. Nadie cede el paso, nadie pide permiso, nadie respeta las cebras, los semáforos, las señales, los PARE…

Pero al final del día hay unos personajes que llevan la delantera. Las únicas que tienen una ventaja por encima de los demás son las mujeres bonitas, porque a ellas sí se les cede el paso.

Increíble, pero cierto. Puedo esperar horas a que me den paso en un cruce, sólo para ver cómo una hermosa buñuela se atraviesa, al tiempo que todos le sonríen por los espejos y le demarcan el camino a su casa.

¿Por qué? ¿Únicamente porque es más bonita que yo? ¿Qué puede obtener un conductor al darle prelación a una mujer bonita? ¿Va a parquear, bajarse y agradecerle? ¿Le va a dar el teléfono?

Me encanta la ingenuidad masculina. Los hombres sueñan con la anécdota idílica y se pegan del “uno nunca sabe”.

- ¡Hacen una pareja divina! ¿Cómo se conocieron?
- Fue mágico. Yo le cedí el paso en la 100 con 15.

Señoritas, no se dejen convencer. La próxima vez que un gordo las deje pasar, puede querer algo más. ¡Cuidado! No se detengan a darle las gracias y por nada del mundo le den el teléfono.

Wednesday, October 07, 2009


Adivine por dónde se lo tiene que meter

Escribo hoy, 7 de octubre, desde la comodidad de mi casa, gracias a una otitis aguda que me obliga a guardar reposo por tres días. Hace dos noches fui a la sala de urgencias de la clínica Shaio, donde un joven doctor me recetó unas pastillas de amoxicilina y otras de acetaminofén. Después dijo a una enfermera que me aplicara una inyección para (quitarme) el dolor.

Ahí comenzó el viacrucis. Le tengo pánico a las agujas y me cuesta creer que la medicina actual no se haya ingeniado una mejor forma de administrar medicamentos, vacunas y otras sustancias.

Por ejemplo, la penicilina. Es maravillosa, milagrosa, mágica. Sus efectos son únicos. Es el papá de los antibióticos. Pero tiene la consistencia de un kumis vencido. No es justo con los pacientes que la máxima solución a sus dolencias sea una inyección de mazamorra. Alexander Fleming la descubrió en 1928 (la penicilina, no la mazamorra) ¿y 91 años después no hemos dado con la penicilina oral? ¿O al menos con una más “rendida”?

La inyección es ofensiva, pero no le gana al supositorio. Es increíble que exista semejante opción. “Señor Rodríguez, cuando parecía que todo estaba perdido hemos identificado plenamente su problema y podemos contrarrestarlo. Tome este dispositivo… adivine por dónde se lo tiene que meter”. ¡Impensable!

¿Quién inventó el supositorio? ¿Bajo qué circunstancias? No me puedo imaginar largos estudios clínicos y juntas médicas con ancianos barbados tomándose la cabeza a dos manos, pensando en una solución revolucionaria, hasta que un brillante joven sale con algo como: “¿Y si se lo metemos al paciente por el c…?”

El tema es hilarante, pero nadie quiere estar en esa situación. Nadie cuenta que le recetaron supositorios. Todo el mundo dice “me mandaron antibiótico”, pero nadie pregunta “¿y por dónde te toca?”.

Seguramente las vías de administración de los medicamentos dependen de muchos factores (rápida acción, absorción, composición, etc.). Los médicos tendrán sus razones. Yo tengo las mías para pedir pepas.



Friday, October 02, 2009



¿Y la wafflera?

Los niños no tienen pudor, vergüenza o tacto. Dicen las cosas como las piensan, señalan los defectos sin tapujos y preguntan todo, en el lugar menos indicado, en el instante menos adecuado y a la persona menos tolerante.

Por eso la inocencia infantil pocas veces es encantadora. Porque los padres de los inocentes pagan con creces la vergüenza que se les endosa como tutores.

Esa inocencia infantil, esos comentarios llenos de picardía, esas palabritas cargadas de humor sano, sólo se pueden disfrutar en dos circunstancias:
La primera, cuando uno no es el padre del crío que comete la falta.
La segunda, cuando uno sí es el padre, pero el comentario se hace sin público.

Por ejemplo, mi inocencia infantil favorita la protagonizó mi hijo de cuatro años. Recientemente, entablé con él una entretenida conversación en la que le preguntaba para qué sirven los electrodomésticos:

- ¿Para qué sirve el horno?
- Para calentar la comida.
- ¿Y la tostadora?
- Para tostar el pan.
- ¿Y la sanduchera?
- Para hacer sándwiches.
- ¿Y la cafetera?
- Para hacer café.
- ¿Y la wafflera?
- Para hacer… ¿guayabas?

Estábamos solos en el carro, y tuve que parar unos segundos para reírme a mis anchas.


Thursday, September 24, 2009


La atracción y la ignorancia

La fuerza de atracción es fascinante, pero la relativa a la física, no al libro El Secreto y su tema de superación personal. Por eso los imanes se llevan el premio mayor en la categoría de utensilios de hechicería manipulados en la escuela básica primaria.

Aún recuerdo las clases en las que llevaba al colegio un imán y un frasquito con una especie de metal en polvo. Pocos minutos después de iniciar la clase, las partículas bailaban sobre una hoja de papel, siguiendo los movimientos que el imán trazaba al otro lado de la hoja. ¡Brujería, señores! Eso representaba para mí un imán: la solidificación de la magia.

Esas clases tuvieron aspectos positivos y negativos. Conocí varias explicaciones físicas, pero también perdí un puñado de inocencia.

Grande fue mi decepción cuando supe que los imanes no son los objetos enormes que el coyote amarró a unos patines para perseguir al correcaminos, ni las herraduras rojas con blanco que Bugs Bunny metía en los pantalones de Helmer. Tampoco eran tan fuertes como para quitarle los enchapes a una casa, ni lanzaban rayos amarillos con manos que atrapaban objetos metálicos.

Eran simples discos negros que se pegaban a las patas del pupitre.

Por eso la magia es cautivadora, porque nos mantiene ignorantes. Un niño puede jugar con un imán por días, tal vez por semanas, pero al final su lugar en la casa siempre será el mismo: en la nevera, sosteniendo un examen sobresaliente, una foto o una canasta miniatura con frutas cristalizadas (el lugar del imán, no del niño).

Pero ahora, muchos años después de hacer el experimento, los imanes se han reivindicado conmigo. Han recuperado su perfil misterioso, casi oscuro. Lo único que cambió es que ahora soy ignorante en otro sentido.

Sé lo que hace un imán, pero ¿dónde lo consigo? Si por alguna misteriosa razón llego a necesitar un imán con extrema urgencia, ¿dónde lo compro? Si mi hijo me dice: “Papi, mañana tengo que llevar un imán al colegio”, ¿salgo de la oficina y para dónde agarro?

Tal vez esa es la información que se devela en el libro El Secreto.


Wednesday, September 16, 2009

La onomatopeya / The onomatopoeia

Muchas conversaciones en avanzado estado de alicoramiento aterrizan en este blog. Gracias a una duda estúpida, recientemente se entabló con mis borrachos favoritos un debate aún más estúpido: Cuando uno escribe en MSN “jaja”, ¿en verdad se está riendo?

Tal vez no. Tal vez escribimos “jaja” porque algo nos parece gracioso, y no necesariamente estamos doblados de la risa frente a la pantalla. Tal vez cuando escribimos “jaja” simplemente estamos sonriendo, y en dado caso deberíamos usar la carita sonriente (dos puntos seguidos por un paréntesis de cierre).

Yo escribo “jeje”, porque suena más natural. El “jaja” es exagerado, suena a risa grabada, tipo Friends o El Chavo. Eso sí, nunca uso el “jojo”, porque es muy navideño, ni el “juju”, porque nadie se ríe así. El “jiji” es aceptable, aunque es una risa pequeñita, sugestiva, hasta maquiavélica.

Pero además de los jajás, jejés, jijís, jojós y jujús (ojo al plural tildado) he encontrado sus equivalentes en inglés, en los comentarios de los videos de YouTube. Estas abreviaciones no son simples onomatopeyas, sino historias completas. Admito que tuve que hacer curso
para entender muchas siglas que, al final, representan básicamente lo mismo.

A continuación, una pequeña tabla de equivalencias sigla / significado / traducción. Por su puesto, la traducción no es literal, pero se acerca mucho a la sensación que se busca transmitir. Ustedes sabrán perdonar las groserías (en inglés y en español):

LOL: Laughing out Loud: Riéndome duro
ROFL: Rolling on Floor Laughing: Riéndome y dando vueltas en el piso
OMG: Oh My God: ¡Ay por Dios!
OMFG: Oh My Fucking God: ¡Ay juemadre, por Dios!
WTF: What the Fuck: ¿Que qué? o ¡Qué hijuemadres!
ROFLMFAO: Rolling On Floor Laughing My Fucking Ass Off: Cagado de la risa, dando vueltas en el piso.

Wednesday, September 09, 2009

Mi amigo hace vaginoplastias

Cuando mi amigo me mostró su tarjeta de presentación pensé que había abandonado la medicina para iniciar su carrera de “chulo” y montar un prostíbulo. Una mujer desnuda enmarcaba sus datos personales (los de mi amigo).

La letra menuda aclaró mis dudas “Pepito Pérez, cirujano gineco-obstetra”. Al respaldo, en el listado de servicios, decía “vaginoplastias”.

Para los que no estén familiarizados con el tema (no, mi querido saltamontes, no son vaginas de plastilina), se trata del procedimiento quirúrgico mediante el cual se rejuvenece el órgano sexual femenino.

Luego supe que una mujer puede reducir sus labios menores (nifectomía) o disminuir el tamaño (casi digo envergadura) de su canal vaginal. También es posible restaurar el himen, que suele perderse entre los 14 y los 17 años, en la mayoría de los casos.

También supe que es un procedimiento muy solicitado, pero aún no alcanza la popularidad de la mamoplastia. ¿Por qué? La pregunta tendría que hacerse a mujeres y hombres por igual:

Señorita, señora: ¿Usted preferiría hacerse una mamoplastia o una vaginoplastia? ¡Fácil! Creo que las mujeres se inclinan por la primera opción, porque es pública. Cualquier retoque es doblemente bueno si la sociedad puede admirarlo o envidiarlo.

Ahora démosle la vuelta a la pregunta. Señor, ¿preferiría que su novia/esposa/amante se hiciera una mamoplastia o una vaginoplastia? La respuesta ya no es tan sencilla. ¿Usted prefiere que el vulgo admire los (dos) frutos de la cirugía? ¿O prefiere disfrutar el retoque en la comodidad del anonimato?

La respuesta más creativa recibirá un 15% de descuento en nifectomías. Aplican condiciones y restricciones.

Wednesday, September 02, 2009

Los vocablos prohibidos

En Bogotá una persona “pela el cobre” cuando evidencia su origen humilde tras proferir un vocablo comúnmente censurado por la alta alcurnia capitalina. Ejemplo: Ante el enunciado “páseme el peine para el cabello, que está en el bolso” el hablador recibe una mueca de desagrado.

La razón es simple, pero poco lógica. Para un bogotano de “buena cuna” las palabras peine, bolso y cabello tienen una frecuencia de onda que hiere el oído medio y genera un rechazo social automático. Lo correcto sería decir “páseme la peinilla para el pelo, que está en la cartera”. ¡No entraremos a discutir lo correcto o incorrecto que es llevar una peinilla en la cartera! Tampoco nos detendremos en la construcción de la frase. Concentrémonos en la forma, no en el fondo, y pongamos como ejemplo la dualidad cartera versus bolso.

Según la RAE:

Cartera: Objeto de forma cuadrangular hecho de cuero u otra materia generalmente flexible, que se usa para llevar en su interior documentos, papeles, libros, etc.

Bolso: Bolsa de mano generalmente pequeña, de cuero, tela u otras materias, provista de cierre y frecuentemente de asa, usada especialmente por las mujeres para llevar dinero, documentos, objetos de uso personal, etc.


De acuerdo con lo anterior, la palabra bolso define mejor el objeto del ejemplo, y cartera viene siendo sinónimo de billetera.

Conclusión. La Real Academia de la Lengua, máxima instancia del idioma español, aprueba que usted, jovencita, diga bolso cuantas veces le dé la gana. Pero trate de no hacerlo en el cuadrante comprendido entre las calles 72 y 100, y las carreras 15 y 7, o podría terminar crucificada en el parque de la 93.


Seguramente, las niñas del Femenino y los niños del Moderno no demoran en tramitar un proyecto de ley para dar cárcel a quienes profieran estos vocablos prohibidos.

Hasta entonces, mi querida niña, atropelle el elitismo con tranquilidad, porque el diccionario aplaude con entusiasmo su chabacanería.

Thursday, February 12, 2009

Debe ser una afección del hígado

Si hay algo peor que un grupo de médicos es estar en un grupo de médicos sin ser uno de ellos. No sé con certeza en qué momento pasó, pero yo, periodista, terminé rodeado de amigos graduados de la facultad de medicina.

Hablar con un grupo de médicos de manera civilizada es imposible. Todo el tiempo hablan de sus pacientes, la enfermedad de moda, sus consultorios, los tratamientos que están siguiendo, el libro (no de literatura) que están leyendo, la asociación a la que se adhirieron y la sub especialización que piensan estudiar.

No sé si lo hacen de manera conciente, pero un diálogo informal se vuelve especializado, y un "no médico" inevitablemente termina sintiéndose como un idiota.

Un día no lo soporté más y me uní a su grosería:

- Muchachos, y ahora que hablan de estas cosas, ¿qué es una epanodiplosis?

El silencio inundó el recinto y las miradas médicas se cruzaron. Empezaron los diagnósticos de afán, como si todos trabajaran en una EPS.

- Debe ser una anomalía del hígado.
- Creo que hace poco oí la palabra en una conferencia.
- No estoy muy seguro, pero llamemos al Dr. Abaunza.

El tema murió y yo celebré mi victoria de manera silenciosa y prematura, a la espera de que alguno no aguantara la curiosidad. Una hora después, uno de los médicos rompió el silencio.

- Juan, ¿qué es una epanodiplosis?

- Es un término literario. ¿Has visto cuando un verso comienza y acaba con una misma palabra? Esa es una epanodiplosis.


Desde ese día hablamos más de música y fútbol.

Tuesday, August 26, 2008

Yo me llamo Cumbia
A mi hijo, Samuel.

Mi hijo se llama Samuel (es el de la foto). Samuel es un buen nombre. Es sonoro, fuerte, sencillo y suena bien con los apellidos: Samuel Gómez Pardo.


Escoger el nombre de mi hijo no fue nada fácil. Hice un listado de los nombres que me gustaban y lo comparé con un listado que hizo la mamá de Samuel. En el primer filtro murieron todas las opciones. Martín, Sebastián, Matías y Juan fueron descartados por un sinfín de razones que hoy no vienen al caso.

Al remitirnos a los libros que plantean el paralelo nombre/significado tuvimos más de una decepción, porque los mejores significados acompañan a los nombres más feos. Si tuviera una hija me encantaría pensar que su nombre significa “espíritu audaz”, pero esa no es razón para ponerle Ubalda (sí, eso significa Ubalda).

Cuando finalmente llegamos a un acuerdo y comunicamos a todos nuestros seres queridos que el bebé se iba a llamar Samuel (gracias, Biblia), muchos se entristecieron y algunos incluso entraron en cólera.

Soltaron frases como “no pueden ponerle así, porque así se va a llamar mi primer hijo cuando me case, si algún día tengo hijos y si algún día me caso” o “Creo que ese ya se lo había pedido Popy”.

¿Ya se lo había pedido Popy? ¿y firmó exclusividad?

Estas aseveraciones (no es por nada, pero casi siempre son femeninas) me llevaron a pensar en los nombres más comunes de los niños de hoy en día. Una buen porcentaje de las niñas responde a nombres como Sofía, Mariana, Valeria y Antonia. En cuanto a los niños, algunos de los nombres predilectos son Martín, Juan Esteban (adivinen por qué) y Nicolás.

En una piñata promedio, tres de cada cinco niñas se llaman Sofía. ¡Y claro!, las madres de los tocayos se refugian en argumentos como “mi hijo tiene un nombre muy común, pero el mío fue el primer Nicolás” (ajá, antes que Maquiavelo).

El peor de todos es Juan Camilo. Me encanta mi nombre, pero se puso de moda más tarde de lo que me hubiera gustado. Las mujeres ya no me dicen “qué lindo nombre”, sino “así se llama mi hijo”.

El llamado de Me regala para un pan es a no mendigar nombres foráneos, a menos que el apellido también lo sea. Me declaro en contra de los padres de los Jean Carlo Restrepo, de los Jason (Yeison) Moreno y, sobre todo, de los que inventan un nombre (Altanio) o mezclan dos (Bryan + Jonatan = Brayatan).

Por cierto, el hijo de Popy se llama Sebastián.

Tuesday, April 22, 2008

La escasez inexistente en las pizzerías

Dedicado a todos los Jairos de la comida rápida

El proceso de escogencia para llegar a tener una pizzería favorita es largo y traumático, porque la metodología de prueba y error predomina en el asunto.

Un factor crítico radica en el tiempo del domicilio. Personalmente, me tiene sin cuidado que se demoren 60 minutos, siempre y cuando me digan que se van a tardar precisamente una hora. No hay nada más molesto que esperar 15 minutos más de lo que prometió el tipo del teléfono (pongámosle Jairo, siempre dice el nombre pero uno nunca lo recuerda), porque en ese cuarto de hora el hambre se acrecienta, al igual que el odio por la pizzería.

En mi proceso de búsqueda, hace un par de años llamé a una pizzería famosa por su cumplimiento en los domicilios. Tenía en mis manos uno de esos cupones de “pizza gigante sin límite de ingredientes por $20.000” (por decir un valor al azar).

Después de lanzar toda una retahíla de ingredientes, el valor total a cancelar resultó ser de, por lo menos, $10.000 más de lo sugerido en el cupón.

“Es que muchos de los ingredientes que pidió son importados y por eso la pizza es más cara”, explicó Jairo.

¡Perfecto! Entiendo que existen componentes foráneos que por su naturaleza exótica incrementan el valor de la comida rápida y la vuelven gourmet.

Anchoas, pepperoni, jamón serrano o aceitunas negras... totalmente comprensible. Lo sorpresivo fue que Jairo mencionó el más colombiano de todos los ingredientes: el pollo.

¿Se está acabando? ¿hay escasez de pollo en Bogotá? ¿Las miles de pollerías de esquina son fachadas para lavar dólares? Jairo, no me importa que el sabor BBQ de su pollo importado sea “muy delicioso”. ¡No me cobre extra por el pollo!

Espero que esto no se vuelva una moda, porque odiaría ir a una fonda antioqueña y encontrar que la bandeja paisa vale más de lo normal porque la arepa es puertorriqueña.

Por eso no volví a pedir pizza en ese lugar. Y por eso también recuerdo con repudio a los costeños que jugaban dominó en la universidad.

Tuesday, April 15, 2008

Joder! con el cine en España

Los españoles se jactan de ser los padres de nuestro idioma, como si cada uno de ellos hubiera puesto su granito de arena para la consecución del diccionario de la Real Academia Española.

Hace poco visité la madre patria y pude ver cómo se esfuerzan por cuidar la lengua. Claro, las mañas colombianas se hicieron evidentes al punto de no poder disimular una sonrisa al ver la palabra “tire” en cada puerta. Ellos no halan, ellos tiran. Y por supuesto, la sonrisa sufre una amenaza de carcajada ante anuncios como “tire en caso de incendio” o “tire con fuerza”.

El español se lee como se escribe. Por eso, ellos no lavan la ropa con Woolite, sino con Volite y no ven las películas en DiViDí, sino en De-Uve-De.

Su afán proteccionista ha sufrido más de un tropezón, pero los más evidentes han sido en el séptimo arte. Ellos no tienen Shrek, sino Esrec, y no ven la película de El Hombre Araña o de Spiderman, sino la de Espíderman. Además, las traducciones de los títulos de las películas, cuando no son nombres propios, sufren errores graciosísimos, como la película “Duro de Matar”, más conocida en España como “Jungla de Cristal”, o “After Hours”, de Martin Scorsese, que tradujeron como (esta es buenísima) “Jo, qué noche”.

En la saga de La Guerra de las Galaxias uno de los íconos más tradicionales es “el lado oscuro de la fuerza”, traducido en España como “el reverso tenebroso de la fuerza”, y la frase popularizada por Terminador “hasta la vista, baby”, que además es lo único que saben decir los estadounidenses en español, la asesinaron con un suculento “sayonara baby”.

Dos preguntas me surgieron después de mi visita a España. Si son como son, ¿por qué en las esquinas las señales de “pare” dicen “STOP”? y ¿por qué los huevos no se sirven con tocino sino con “bacon”?

Thursday, April 03, 2008

Lo siento, pero lo siento

Amo los espacios abiertos. Salvo contadas ocasiones (conciertos de rock), procuro que mis visitas a lugares concurridos estén demarcadas por horarios atípicos, para no adentrarme en la chichonera.

Mi repudio por la turba nació en la universidad. Los que estudiamos fuera del perímetro urbano de Bogotá y no estábamos dispuestos a pagar peaje, o simplemente éramos (somos) pobres y no teníamos (tenemos) para la gasolina, recurrimos a las flotas.

Flota: racimo humano que recorre distancias intermunicipales al son del vallenato. Se caracteriza por viciar el ambiente sabanero con una mixtura de fragancias corporales boyantes.

Después de ingresar al vehículo, un mozalbete de escasas primaveras conducía a los individuos hacia el fondo y los acomodaba como figuras de tetris con frases como “al fondo del carro está vacío”, “¿me colabora?” o “de medio ladito puede pasar”.

Este magistrado es el máximo exponente del froterismo. Se cuela por entre los guacales, los estudiantes, las maquetas y las maletas para cosechar el pasaje de los presente. El problema radica en que en esta cruzada pierde totalmente el respeto por el espacio ajeno.

Lo más frustrante es que dado el sentido arrabalero del transporte es imposible decirle: “disculpe usted, pero percibo con total claridad cómo mi cuerpo está separado de sus genitales por escasos centímetros de ropa”.

Estas vivencias me generaron un trauma que hoy me impide ir a Andrés Carne de Res, Gavana o a cualquier bar o restaurante de moda. ¡Lo juro, no es por falta de plata!.

Monday, April 09, 2007

El papel higiénico como elemento de estudio
La siguiente teoría no es de mi autoría. La idea original fue desarrollada en una conferencia a la que asistí hace un par de años, en la que el expositor (no recuerdo el nombre) hablaba de una reconocida cadena hotelera (tampoco la recuerdo) y de sus esfuerzos por retener clientes a toda costa.

En su maratónica cruzada, la cadena hotelera se preocupaba por dar a sus clientes comodidades personalizadas.

¿El señor quiere agua? Si abre la nevera de la habitación encontrará la marca que le gusta, en el tipo de botella de su preferencia y a la temperatura que su paladar designa como ideal. El sistema del hotel tenía toda la información de las preferencias de sus clientes.

Tal afición llevó a la cadena hotelera a hacer una encuesta que, a la fecha, ejecuto a cuanto amigo me encuentro en MSN: ¿El señor desea el papel higiénico hacia arriba o hacia abajo?

Visualice su humanidad en posición de relajación muscular, con el adminículo de aseo a escasos centímetros de su mano. ¿Cómo le gustaría encontrarlo? ¿Con la punta hacia arriba o hacia abajo?

Personalmente, lo tengo clarísimo: hacia abajo.

Ahora, la verdadera cuestión radica en que el hotel basó su sistema de colocación de papel higiénico según las respuestas de la encuesta. Lo que nunca sabremos es si su tasa de retención de clientes aumentó por ello.

Creo que la cotidianidad acaba con este estudio. Por ejemplo, en la casa de mis suegros siempre ponen el papel hacia abajo. Por otra parte, mi esposa no se preocupa por aplicar teorías de mercadeo de cadenas hoteleras en este mismo acto.

Salvo excepciones apocalípticas, procuro que las descargas en la casa de mis suegros sean eminentemente verbales, por más tentadora que resulte su estrategia involuntaria de retención.

Thursday, March 15, 2007

Yo sé por qué el hombre inventó el cigarrillo

¿Quién se inventó el cigarrillo? No conteste esta pregunta aduciendo a culturas antiguas o civilizaciones de antaño. No me refiero a la época, sino a la persona. ¿Quién fue el primero que dijo: "voy a enrollar una hoja de esa mata, le voy a meter candela por una punta y a chupar por la otra, sin importar lo que pase"?

Definitivamente, sería más fácil hacer el monumento a "el vicioso desconocido" que encontrar la respuesta.

Después de mucho meditar comprendí que nunca sabré el nombre de quien inventó tan delicioso pecado, pero también entendí, con claridad evangélica, la razón verdadera por la que fue concebido el cigarrillo.

La pregunta es sencilla: De todos los cigarrillos que una persona se fuma a lo largo de su vida, ¿cuál proporciona mayor placer?

Muchas situaciones se podrían catalogar como "finalistas" en este concurso de satisfacción: Delicioso después del almuerzo, exquisito con una cerveza, espectacular en una mañana fría y perfecto con un café.

Aún así, la realidad es transparente y clara como el agua: el cigarrillo que más placer produce es el que se fuma después del sexo. ¡Y el que me contradiga nunca ha fumado o es virgen!

Además, la particular situación realza su carácter de objeto dañino, porque después de realizar una actividad física que requiere un esfuerzo cardiovascular considerable, lo más natural es optar por el reposo, y no llenarse los pulmones de humo.

Wednesday, February 14, 2007

Al pan, pan y al peso, peso

Todo comenzó con mi primer viaje a Cartagena. Un amigo que me llevó al aeropuerto me advirtió acerca de la lucidez de los nativos para negociar los traslados del transporte público privilegiado: “No vaya a dejar que le cobren más de 4.000 pesos del aeropuerto al hotel”.

A mi salida del Aeropuerto Internacional de Cartagena un amable taxista subió mis maletas al baúl de “teresita”, pero antes de que pudiera darme la bienvenida a su ciudad, me le adelanté: “¿Cuánto hasta el hotel?”, dije con firmeza. “Pues tres barras”, contestó el oriundo con ligeras dificultades para pronunciar la “ese”.

Convencido de mi victoria subí al vehículo que en pocos minutos me dejó en la entrada del hotel.

“Listo mi hermano, son 9.000 pesos”, dijo el conductor mientras bajaba mis maletas.

“¿No me dijo que eran tres barras?”, cuestioné, intentando cambiar mi resignación por ira.

“¡Claro broder!”, contestó. “Cada barra son tres lucas”.

¿En qué momento el popular peso colombiano cambia de nombre dependiendo de la geografía, el estrato social o la edad de las personas?

No he podido descubrir bajo qué parámetros se modifica la moneda nacional, pero estoy comenzando a entender la dinámica económica. Hace unas semanas fui a un bar, compré medio paquete de cigarrillos por dosmilqui, dos cervezas por tresmilqui cada una y pagué con un billete de 10 lucas. Me sobró un quini para el pelado que me cuidó el carro.