Thursday, February 10, 2011

Trauma de infancia, Volumen I

Hace un par de semanas mi mamá revivió uno de los recuerdos más impactantes de mi infancia. Un recuerdo que se agazapaba en lo más recóndito de mi memoria, pero que constituye la silenciosa raíz de una tara odiosa y negativa.

Mi mamá se cansó de la ciudad, el ruido, los trancones y la contaminación. Por eso, hace unos meses se fue a vivir al campo. Cuando les digo eso a mis amigos se imaginan a mi mamá de vacaciones en tierra caliente, acostada en una hamaca a la sombra de un platanal, con un coctel en la mano, a escasos metros de una piscina, leyendo algún libro de papá retirado, como La Rebelión de las Ratas, o cualquiera de las novelas de Isabel Allende.

En realidad, mi mamá no vive en una casa de recreo. Vive en el campo. En una finca con un galpón de gallinas ponedoras, con conejos, curíes, cabras, vacas y patos. Con una huerta y un semillero. Con un lago artificial lleno de mojarras y cachamas.

Cuando fui a conocer su casa me preparó un sancocho con pollo campesino en una olla gigante, puesta sobre una parrilla que alguna vez fue una reja o un portón, en una estufa de ladrillos y madera seca. No recuerdo haberme comido un sancocho más bueno.

Por supuesto, este cambio de ambiente representa para mi mamá una vida llena de nuevos desafíos y satisfacciones, pero sus altibajos son muy diferentes a los que sufrimos los autómatas citadinos: Mi mamá ya no habla de sus preocupaciones de plata, de las vecinas, del frío, de los trancones o de la inseguridad. Ahora, sus problemas parecen sacados de un cuento de los Hermanos Grimm.

  - Un conejo se coló en la huerta y se me comió los rábanos -, me contó en tono preocupado, mientras caminábamos por la orilla del lago.
  - ¡Terrible! -, dije sonriendo. – Supongo que se va a disparar el precio del rábano en el país.

Después caminamos alrededor de la finca y llegamos a un cercado lleno de flores y plantas silvestres, donde me mostró cómo estaba recuperando un orquideario. Yo sonreía mentalmente y me alegraba por ella y por su nueva vida.

  - ¿Un cafecito? -, dijo mi mamá, rompiendo la burbuja idílica y borrando de la escena la banda sonora del Profesor Yarumo.

Pocos minutos después estábamos en la casa, vertiendo el café en los pocillos. Mi mamá me contó que lo habían secado y molido en una finca aledaña.

  - Huélelo. ¿Sí ves? ¡Totalmente diferente al café que uno compra en la tienda!

De pronto, mi progenitora estiró la mano hacia la estufa, tomó un perol lleno de leche caliente y lo acercó peligrosamente hacia mi delicioso café campesino.

  - ¡Momento! ¿Qué vas a hacer? -, le dije, poniendo una mano sobre el pocillo, protegiendo el café.
  - Te voy a echar un poquito de leche. ¡Leche campesina! Ordeñada esta mañana.

Yo estiré el cuello tratando de ver el contenido del perol. Ella estiró el perol hacia mi pocillo…Y entonces la vi. Arrugada, espesa, grasosa. Flotando sobre la leche recién ordeñada. Una membrana cuarteada. Un remanente asqueroso.

  - ¡Mamáaaa, guácala! ¡Una nata! -, grité, protegiendo mi café.
  - ¡Eso no tiene nada! ¡Deja el escándalo! -, me contestó, burlándose de mi asco y amagando con echarle leche a mi pocillo.

Inmediatamente después, respondiendo a un impulso ejemplarizante, metió en la leche los dedos pulgar e índice de la mano que tenía libre, extrajo varios centímetros de esa cuajada inmunda, volcó la cabeza hacia atrás y dejó caer en su boca la nata colgante.

  - ¿Ves? –, me dijo, con un gesto de satisfacción. – Eso no tiene nada.

En realidad, el recuerdo original tiene más de veinticinco años. Un día, mi mamá preparó el desayuno mientras todos arreglamos la mesa. Después de hervir la leche, alguno de mis creativos hermanos sacó una nata enorme, la puso en un plato pequeño y la llevó a la mesa. Entre los cuatro hermanos mayores se disputaron el manjar y lo trataron de untar sobre el pan, como si fuera mantequilla.

  - ¡Qué delicia! Esa nata es mía.
  - No, es mía.
  - No, mía.
  - Mía.

El asco me atormenta. No lo he superado.

4 comments:

Annie_E said...

jejee Yo tampoco puedo con eso... Eeewwww ... ;)

Pilar Londoño. said...

¡Esto está buenísimo! No sabes en qué medida me identifico con esta historia. ¡Mi mamá anda en las mismas! Sus preocupaciones son exactamente del estilo.

¡Espero que haya Parte II y III de esta historia!

Beso.

Andrea said...

Si entre todas las historias de tu blogg va implicita la parte que quieres conpartir con la gente que se interese por conocer las verdaderas marcas personales de Juan Camilo Gomez, aqui si que evidencias el amor por tu familia , la nostalgia del hogar y de la unión fraterna discretamente distante pero constante,y llevas un poquito de tu archivo mental hasta los afortunados que nos lucramos emocionalmente cuando te leemos Un BESO

Anonymous said...

Yo creo que el recuerdo/trauma se te acentuó con las visitas a la finca de suba, ellos (mis suegros)eran los que ponian todas las natas en un plato, ya que la leche que tomaban era la de la finca...., montones de natas.........a mi no me gusta la nata tampoco!!!!!