Thursday, December 02, 2010

Disimilitud decembrina

En diciembre, la casa de mi tío parece una tienda de temporada. Hay un juguete navideño por metro cuadrado de superficie y un promedio de tres elementos decorativos en la dirección que se mire. En la fachada de la casa y en el patio hay suficientes luces como para trazar una pista de aterrizaje.

Por supuesto, una decoración así debe ir acompañada por un pesebre deslumbrante. Lamentablemente ya no se encuentran en el mercado los nacimientos de mi época, con piezas individuales de cada uno de los protagonistas, como figuras de acción. Ahora los pesebres son unidades con todos los muñecos pegados a una base.

¡Qué mal! Parecen más un centro de mesa o un bodegón.

En mi época armar el pesebre era tan divertido como armar el árbol. Poníamos espejitos que simulaban un lago para los patos, hacíamos ríos de papel aluminio que nacían en la pared y desembocaban en la baldosa, despedazábamos icopor para simular nieve y durábamos horas tratando de parar las ovejas. Recuerdo que les enterrábamos las patas en una tela inmunda que llenaba la casa de motas verdes hasta febrero.

Más que un proceso era toda una aventura. Con mi hermana sacábamos del sótano las cajas marcadas con el rótulo “Pesebre” y siempre nos encontrábamos con alguna figura rota.

- ¿Cómo carajos se rompió el pastorcito? ¡Lleva todo el año guardado! ¡Yo mismo lo guardé hace un año!

Cuando no podíamos arreglar las piezas dañadas, ¿botábamos las figuras restantes y comprábamos un pesebre nuevo? ¡No señor! Completábamos las vacantes con retazos de pesebres que se les habían descompletado a otros familiares y amigos.

Por eso los pesebres de nuestra infancia tienen dimensiones extrañas. En mi casa, particularmente, un rey mago era diez veces más alto que los demás y el Niño Jesús era más grande que Su Madre (María, por supuesto). En una navidad tuvimos un pesebre con cuatro reyes magos, y ninguno era negro.

El pesebre de la casa de mi abuela materna era diferente, aunque también tenía problemas de proporcionalidad. Era diferente porque era intocable. Su fragilidad a los ojos de la abuela le otorgaba un carácter divino.

Pero los mejores pesebres no fueron los racistas de mi casa, con cuatro reyes magos blancos. Tampoco los de mi abuela, con ese halo místico y prohibitivo.

Los mejores eran los pesebres en los que era evidente la colaboración de los niños: Los que tenían un grupo de soldaditos escalando por la tela motosa, un Batman escondido en la villa, totugas ninjas en el lago, un helipuerto en medio de las ovejas y, por supuesto, el más anticristiano de los símbolos navideños: Papá Noel.

1 comment:

Françoise said...

jajajaja este post me encanto! El que no se sienta identificado con esto no tuvo infancia jajaja, bueno, lo cual me preocupa, porque justamente esta navidad ando medio triste porque extraño las verdaderas navidades, las de mi casa... las de aca no se parecen en nada a lo que es una navidad en mi casa y eso me angustia, porque yo quiero que Lulu tenga las navidades tan divertidas que yo tuve :(
Bueno, ya me puse trascendental :( con lo divertido que estaba el post :(
Besitos Juan