Wednesday, June 16, 2010

Daniel tenía ganas de hacer popó en la casa de su novia

Eso es todo por hoy. Muchas gracias.

¡Qué tal el título! Podría terminar esta entrada acá. No contar nada más. Con solo esa frase (Daniel tenía ganas de hacer popó en la casa de su novia) se puede resumir el peor día de la vida de una persona y el mayor miedo de los hombres en los primeros meses de una relación promisoria.

Las mujeres llevan siglos haciéndonos creer que no hacen popó y que las ventosidades intestinales están asociadas al cromosoma ‘Y’. Ellas no sufren nuestros miedos porque entienden y conocen su organismo, se comunican con él eficientemente, funcionan como relojes y casi nunca tienen que recurrir a baños públicos. ¡Es más, el proceso les cuesta! Siempre son ellas las que se comen la cucharada de laxante en los comerciales.

Nosotros funcionamos de otra forma. No tenemos horario. El enemigo nos toma desprevenidos, con los calzones arriba, y por eso no nos gustan las visitas largas.

Ojo, lectores. La siguiente historia sí pasó. Esto no me lo inventé. Llegó a mis oídos por un amigo del doliente.

Daniel tenía ganas de hacer popó en la casa de su novia y, ante la imposibilidad de escabullirse a hurtadillas, decidió responder al llamado de la naturaleza.

- Amor, te robo el baño.
- Fresco, dale.

Bajó al primer piso y, presuroso, se ubicó en la más tradicional de las posiciones. Una vez cometido el pecado se dispuso a bajar el agua, pero sus ojos fueron testigos del que Jerry Seinfeld describió como “el momento más aterrador en la vida de cualquier ser humano”.

El agua no bajaba. El agua subía. Y subía más allá del amague. ¡Se desbordaba!

Daniel, valientemente, se armó de dos rollos de papel higiénico y una toalla de manos y batalló con ferocidad su infortunio, pero los sólidos requerían medidas extremas. En un ataque de creatividad, Daniel envolvió sus manos en papel, tomó sus restos cuidadosamente y los depositó en el lavamanos.

- Daniel, ¿qué estás haciendo? Ese baño está dañado, ve al de arriba.

¡No! Alguien golpeaba a la puerta. La presencia de la suegra era más inoportuna que nunca. Era preferible que lo hubiera descubierto en un acto sexual violento con su hija.

- Raquel, dame dos segundos-, contestó con la voz quebrada.
- Daniel, qué suena. Por favor abre la puerta.

La chapa, con el seguro dañado, se movió.

- No, espera, ya salgo.
- Daniel, abre la puerta.

La puerta se entreabrió.

- No, espera, por favor-, gritaba Daniel con las manos envueltas en papel, tratando de sostener la puerta con un pie.

Pero, como era de esperarse, la puerta se abrió de par en par.

- Daniel, por Dios santísimo, qué significa esto -. La suegra lo había encontrado con las manos empapeladas, el baño empantanado y la toalla de manos en el piso. El lavamanos era indescriptible. Daniel se incorporó y dijo lo primero que se le vino a la cabeza.
- Raquel, qué cosa más rara. Yo bajé el agua y comenzó a salir popó del lavamanos.

Después de un breve silencio la sentencia era obvia.

- Daniel, por favor vete de mi casa.

6 comments:

Gloria said...

jajajajajajajajajajajajajajaja
No queda más que decir.... jajajajajajajajajajajajajajaja
jajajajajajajajajajajajajajaja

Lyda Patricia said...

Que historia mas chistosa!!! jajajajajaja

Anonymous said...

JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA MUY BUENO JAJAJAJAJAJAJAAAAAA

Lina Maria said...

jajajajajaja, qué horror!!! pobre muchacho, me dio vergüenza ajena, jajajajajajaja, muy chistoso

Carlos said...

Amigo deje de contar esos secretos o diga la verdad: le pasó a usted!!!

Anonymous said...

lloro de la risa! No puede ser tan gracioso!!!!!!!!!! ajajajaja