Monday, March 15, 2010

Teoría de almacenamiento afectivo de remanentes anatómicos

¡Los bebés crecen rapidísimo! Por eso los papás tratan de acompañar a sus retoños tanto como les sea posible, para no perderse del primer diente, los primeros pasos, la primera palabra, la primera risa.

Nuevo papá que se respete compra una cámara de video, y nueva mamá que se respete compra un “álbum del bebé”, un cuadernillo rosado o azul (no, mi señora, no viene ni en amarillo ni en verde) para rellenar con fechas y anécdotas. Ese libro constituye una de las primeras compras de la mamá durante el embarazo y uno de los principales regalos en los babyshowers.

Me reí por primera vez a las __ semanas
Me gusta el jugo de __
Me salió mi primer diente a los __ meses


En la primera página siempre hay un espacio para pegar un mechón de pelo del recién nacido. Es curioso que sea desagradable encontrar un pelo en la comida, pero resulte encantador ver una maraña empegotada en un libro. Todos tenemos ese cuadernillo (pregúntenle a sus mamás) y siempre está lleno el espacio del mechón.

Esa es la primera etapa de una serie de residuos y aditamentos corporales que tienden a ser guardados como recuerdos, una vez son separados de nuestra anatomía. Deberíamos detenernos en el mechón de pelo, pero por alguna extraña razón nos maravillamos con nuestros desechos. (¡Dios mío!, podría hacer cualquier cantidad de símiles repugnantes con este precepto).

Alguna vez me mostraron un libro que contenía, además del mechón del recién nacido, el ombligo del infante. La madre lo tomó en sus manos con celo y me lo enseñó con una espectacular sonrisa, como si se tratara de su hijo.

“¿Pariste un ombligo?”, pensé.

Es cierto que puede considerarse el último recuerdo palpable de la estancia del niño en el vientre materno, y seguramente es tierno guardar un nudo de arterias, venas y tejido mucoso. ¿Pero es imperativo exhibirlo a las visitas?

Con los años me he encontrado con personajes que guardan sus dientes de leche en envases que alguna vez contuvieron rollos fotográficos. No me molesta que me pasen el tarrito por la cara, diciéndome “¡Mira!, mis dientes de leche”, o que lo hagan sonar como una maraca. Lo realmente repugnante es que saquen el contenido y lo organicen sobre la mesa. Sí, una vez lo vi.

A la fecha, el máximo exponente de esta costumbre necrótica es un amigo (digámosle Pepito Castaño). La primera vez que fui a su casa encontré,
exhibido entre varios libros de orden público, un frasco de vidrio, saturado de formol y con un extraño corpúsculo en el fondo.

- ¡Ay no! Por favor, dígame que eso no es lo que me estoy imaginando.
- ¿Qué cosa? ¿Mi apéndice?

6 comments:

Pilar said...

Tendré el cuidado de nunca mostrarte mi tarrito de vidrio con alcohol (no sé por qué alcohol) que contiene mis cordales, otras muelas, y uno que otro diente de mi perro.
;)

Andrea L. said...

jajaja que asco, siempre la porquería tiene apellido propio. Besos.

Hernando said...

Y es regla general que el librito siempre se hace para el primogenito y el segundo y los demas....que chupen.....

Anonymous said...

Que el Libretista nos libre de tener esa clase de experiencias en casa de algún judío (enfatizo, que sea hombre)... a ver si adivinan por qué... XD

ALBERTO (PEPITO) said...

EN NOMBRE DE ESE POBRE HOMBRE PEPITO LEVANTO MI VOZ DE PROTESTA... NENO LOZADA, EN TU CASO GUARDARON LO MISMO QUE EN A CASA DE UN JUDÍO, CON LA DIFERENCIA QUE A TI TE LO GUARDARON COMPLETO...

Luz María Uribe Escobar said...

No habrá sido TU apéndice???